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lunes, 10 agosto, 2026

IA: el verdadero desafío para las empresas

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Un informe de McKinsey señala que el 88% de las organizaciones ya incorporó inteligencia artificial en al menos una función de su negocio. El acceso a la tecnología dejó de ser un factor diferenciador y la ejecución se convierte en el principal desafío.

Durante décadas, las ventajas competitivas de las empresas estuvieron asociadas al acceso: acceso al capital, a la tecnología, al talento o a la información. Con la inteligencia artificial, el acceso dejó de ser el factor decisivo. Según McKinsey, cerca del 88% de las organizaciones ya incorporó IA en al menos una función de su negocio. Sin embargo, la expansión de la tecnología evidenció una paradoja: disponer de ella no garantiza valor.

La discusión se trasladó a quién logra integrar las herramientas tecnológicas a su operación antes y mejor que sus competidores. Durante los últimos dos años, las empresas se centraron en experimentar con nuevos modelos, desarrollar asistentes internos o automatizar tareas específicas. Ese proceso representa el punto de partida. La transformación comienza cuando la IA automatiza una función y transforma todo el flujo de trabajo en un sistema de agentes.

El problema menos visible que la tecnología es la ejecución. Los procesos empresariales no funcionan por áreas: un reclamo puede iniciar en atención al cliente, pasar por operaciones, involucrar al equipo legal y terminar en finanzas. Un crédito hipotecario atraviesa validaciones, análisis documentales y distintas instancias antes de su aprobación. Muchas implementaciones de IA están diseñadas para resolver tareas individuales, cuando el potencial está en transformar procesos completos.

Eso explica por qué muchas iniciativas no logran escalar. El desafío consiste en integrar la inteligencia artificial con sistemas construidos durante años, ordenar datos dispersos, establecer mecanismos de gobernanza y acompañar a las personas en un cambio que es, antes que tecnológico, organizacional.

Existe una percepción sobre el tiempo: algunas organizaciones consideran que esperar es prudente porque la tecnología mejora constantemente. Pero la ventaja competitiva que genera la IA no evoluciona al ritmo de los modelos, sino al ritmo del aprendizaje organizacional. La primera implementación obliga a ordenar información, conectar sistemas y desarrollar capacidades. La segunda resulta más simple porque la organización ya aprendió qué procesos automatizar, cuáles requieren supervisión humana y cómo integrar agentes inteligentes. Ese conocimiento se construye con experiencia. Como el interés compuesto, quienes empiezan antes desarrollan una ventaja que crece con el tiempo.

Este escenario redefine el talento que necesitarán las empresas. La discusión dejó de pasar exclusivamente por contratar especialistas en IA. Serán más valiosos los perfiles capaces de conectar tecnología con negocio, que entiendan cómo funciona una industria, identifiquen oportunidades de transformación y acompañen la adopción de estas herramientas. Ese puente entre estrategia, operación y tecnología será uno de los activos más escasos de los próximos años.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando y los modelos serán más potentes. La diferencia entre las empresas no estará determinada por el modelo que utilicen, sino por su capacidad para transformar esa tecnología en una nueva forma de operar. La próxima ventaja competitiva no será la IA, sino la capacidad de ejecutarla mejor que los demás.

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