En el Campeonato Europeo de Atletismo de Berlín, la atleta israelí Lonah Chemtai Salpeter confundió la última vuelta, aflojó el ritmo y terminó cuarta en los 5.000 metros. El episodio es utilizado como ejemplo para reflexionar sobre la perseverancia en distintos ámbitos de la vida.
La vida no es un sprint de 200 metros. Se parece mucho más a una maratón. Hay momentos en los que podemos correr rápido, otros en los que necesitamos bajar el ritmo, recuperar el aire y seguir avanzando como podemos. Hay días en los que sentimos que tenemos todas las fuerzas y otros en los que cada paso cuesta el doble. Pero hay una sola regla que no deberíamos olvidar: no abandonar antes de llegar a la meta.
Hace unos años, en el Campeonato Europeo de Atletismo de Berlín, ocurrió una escena que todavía hoy resulta difícil de creer. La protagonista era Lonah Chemtai Salpeter, una atleta israelí nacida en Kenia. Gran favorita, venía de ganar la medalla de oro en los 10.000 metros y unos días después volvía a competir, esta vez en los 5.000 metros.
La carrera estaba llegando a su momento decisivo. Lonah corría cabeza a cabeza con la atleta holandesa Sifan Hassan. Iba primera y faltaba muy poco. El público seguía expectante. Todo indicaba que, una vez más, podía subirse al podio. Y entonces sucedió algo insólito.
Lonah creyó que la carrera había terminado. Al llegar a lo que pensaba que era la última vuelta, aflojó el ritmo, se apartó de la competencia y comenzó a celebrar. Pensó que había llegado, que había ganado, pero había confundido la señal. Todavía quedaba una vuelta más.
Los espectadores no podían entender lo que estaban viendo. Los comentaristas tampoco. Mientras las otras corredoras seguían avanzando, ella comenzaba a descubrir, demasiado tarde, que había cometido un error. Intentó reincorporarse. Aceleró desesperadamente. Quiso recuperar los segundos que había perdido. Pero ya no alcanzaba. Terminó cuarta. Había corrido miles de metros, había superado el cansancio, había estado a centímetros de una medalla y, sin embargo, se quedó sin ella por detenerse antes de tiempo.
Qué difícil debe haber sido ese momento. No por no haber tenido capacidad para ganar, sino por descubrir que todavía podía haberlo hecho. Que no había llegado el final. Que quedaba una vuelta más. Hay algo muy profundo en esa historia. Porque, aunque no todos corramos en una pista de atletismo, muchas veces nos pasa exactamente lo mismo.
A veces confundimos el cansancio con el final. O nos retiramos antes de tiempo. Pensamos que ya dimos todo, que no hay nada más para hacer, que una etapa terminó. Y quizás no terminó. Quizás simplemente necesitamos recuperar el aire.
Pienso, por ejemplo, en las personas que llegan a los 70 años. Hubo una época en la que esa edad parecía marcar el comienzo de la vejez, una especie de retiro de la vida activa. Pero hoy, para muchísimas personas, los 70 son una etapa en la que todavía quedan proyectos, viajes, aprendizajes, sueños y muchísimo por compartir.
Sin embargo, muchas veces sienten que ya está, que llegaron a la meta, que es momento de retirarse. Y lo hacen cuando todavía queda una vuelta más. Todavía hay mucho por vivir, por hacer, por crear y por descubrir. El problema es que, convencidos de que la carrera terminó, dejan de correr.
Y qué lástima retirarse antes de tiempo de una carrera que, con la ayuda de Ds, todavía puede tener un largo recorrido por delante. No es momento de bajar los brazos. Es momento de correr de otra manera. Con menos apuro, quizás, pero con más experiencia. Conociendo mejor el camino, sabiendo administrar las fuerzas y entendiendo que todavía hay mucho por hacer. Y esto no sucede solamente con la edad.
Sucede en los matrimonios. Hay parejas que atraviesan momentos difíciles, que se cansan de discutir, que sienten que ya no se entienden. Y quizás, antes de tomar una decisión definitiva, hace falta detenerse, respirar y volver a intentarlo. No significa aceptar cualquier cosa ni negar los problemas. Significa entender que una mala etapa no necesariamente define toda una historia. A veces el otro todavía no llegó al lugar donde nosotros esperamos encontrarlo. Y quizás nosotros tampoco llegamos al lugar que el otro necesita.
Sucede con los hijos. Hay momentos en los que sentimos que hablamos y no nos escuchan, que damos consejos y no los toman, que hacemos esfuerzos y no vemos resultados. Pero educar también es una maratón. No podemos medir toda una vida por una mala temporada. Hay semillas que tardan mucho tiempo en dar frutos.
Sucede en el trabajo, en los proyectos personales y hasta en la relación con nosotros mismos. Cuántas veces nos convencemos de que no podemos, de que ya es tarde, de que no tenemos capacidad para cambiar. Nos ponemos un punto final cuando todavía queda una página por escribir.
Por supuesto, hay momentos en los que necesitamos cambiar de dirección, dejar atrás una situación o reconocer que un camino ya no es el nuestro. Perseverar no significa quedarse atrapado en algo que nos hace daño. Pero hay una enorme diferencia entre saber que llegó el momento de cerrar una etapa y abandonar simplemente porque estamos cansados.
Una maratón no se corre como una carrera de 200 metros. Si pretendemos mantener la misma velocidad durante todo el recorrido, nos vamos a quedar sin fuerzas mucho antes de llegar. La vida exige aprender a administrar la energía, aceptar los tiempos, entender que no todos los días podemos dar lo mismo y que bajar el ritmo no significa dejar de avanzar.
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Quizás una de las mayores frustraciones de la vida sea descubrir que abandonamos cuando estábamos mucho más cerca de lo que imaginábamos. Thomas Edison expresó una idea que viene muy bien para esta historia: «Muchos de los fracasos de la vida les ocurren a personas que no se dieron cuenta de lo cerca que estaban del éxito cuando se rindieron».
No sabemos cuántas vueltas nos quedan. Tampoco sabemos exactamente cuándo llegará nuestra meta. Lo que sí sabemos es que no deberíamos confundir un momento de agotamiento con el final de nuestra historia.
La próxima vez que tengas ganas de abandonar algo importante, antes de hacerlo, tomate un momento. Recuperá el aire. Mirá cuánto recorriste, pensá por qué empezaste y preguntate si realmente llegaste al final o si simplemente te falta una vuelta más.
Porque quizás la medalla que tanto esperabas no estaba tan lejos. Quizás lo único que necesitabas era no detenerte antes de tiempo. ¡Seguí corriendo! A veces, cuando creemos que la carrera terminó, todavía queda una vuelta más.
Buena semana.
