La mujer sufrió un accidente cerebrovascular el 30 de septiembre de 2024 en la Ciudad de Buenos Aires. Su novio reconoció un síntoma y llamó a una ambulancia. Fue atendida en el Sanatorio Anchorena y luego en FLENI, donde le colocaron un stent. Dos años después, sigue con rehabilitación y trabaja.
El 30 de septiembre de 2024, Damasia, de 30 años, se levantó en su vivienda de la Ciudad de Buenos Aires, donde vivía con su novio. Al sentarse en el baño perdió el control de su cuerpo y cayó hacia un costado. El lado izquierdo dejó de responderle.
“Al principio pensé que me había desmayado. Podía hablar y le grité a Juanchi, mi novio, para que viniera a ayudarme. Él me acostó en el piso, pero veía que por momentos yo perdía el conocimiento y volvía. Se asustó y llamó enseguida a la ambulancia. Yo le decía que no hacía falta, que había sido un desmayo normal”, recordó Damasia.
Su novio había acompañado años antes a su madre durante una enfermedad, experiencia que, según el relato, le permitió reconocer que algo no estaba bien y actuar rápidamente. La ambulancia llegó en pocos minutos y el equipo médico comenzó a evaluarla. Los primeros controles, como la presión arterial y la glucemia, dieron resultados normales.
“En un momento me reí y mi novio se dio cuenta de que tenía la sonrisa caída. Les dijo a los médicos: ‘Esa no es su cara normal’. Por suerte estuvo muy atento, porque ahí volvieron a revisarme y empezaron a sospechar que podía estar pasando algo más grave”, relató.
El equipo realizó nuevas evaluaciones y decidió trasladarla al Sanatorio Anchorena, ubicado a pocas cuadras de su casa. Allí le hicieron una tomografía y confirmaron que estaba atravesando un accidente cerebrovascular (ACV). Para entonces, Damasia ya tenía dificultades para mover el brazo izquierdo y había perdido sensibilidad.
Se activaron los protocolos de atención y comenzó el tratamiento. Mientras estaba en la guardia, sufrió un nuevo episodio que agravó su cuadro y obligó a intervenir de urgencia.
“Hasta ese momento yo estaba bastante consciente. Podía conversar, aunque sentía que el brazo no me respondía. Después del segundo ACV perdí el conocimiento y me llevaron a una intervención para extraer los coágulos que habían llegado al cerebro”, relató.
Su familia y sus amigos llegaron al sanatorio. Su novio tuvo que autorizar procedimientos de urgencia y los médicos les advirtieron que las horas siguientes serían decisivas.
Damasia pasó por terapia intensiva y, cuando despertó, descubrió que tenía paralizado el lado izquierdo del cuerpo.
Durante los días siguientes, los médicos buscaron identificar qué había provocado el ACV. Una interconsulta con la neuróloga Julieta Rosales permitió detectar una malformación congénita en la carótida derecha. Fue trasladada a FLENI, donde le colocaron un stent para tratar esa alteración.
“Tuve mucha suerte con la gente que me encontré en el camino. Mi novio fue fundamental, porque reaccionó enseguida y estuvo atento incluso cuando parecía que no me pasaba nada. Después aparecieron médicos y profesionales que me ayudaron muchísimo. Siento que hubo varios ángeles en todo este proceso”, sostuvo.
Rehabilitación y vida actual
El 15 de octubre, dos semanas después del ACV, Damasia ingresó al centro de rehabilitación de FLENI en Escobar. Permaneció internada cerca de tres meses en un proceso intensivo para recuperar movimientos y habilidades.
“Cuando te pasa algo así a los 30 años, no lo podés creer. Nunca te imaginás que te va a tocar. La rehabilitación fue muy intensa y tuve que ponerle muchísima garra. Hay cosas que antes hacía sin pensar y que tuve que volver a aprender”, contó.
Después de Navidad pudo regresar a su casa y comenzar 2025 en su entorno. Ese regreso representó un paso, aunque comprendió que recuperar su autonomía llevaría más tiempo.
Dos años después, continúa con la rehabilitación. Todavía tiene limitaciones y reconoce que hay capacidades que le falta recuperar, pero lleva una vida independiente, trabaja y sostiene actividades sociales y familiares.
“Hay cosas que hace dos años me parecían imposibles y que hoy estoy haciendo. Quizás no las hago perfectamente, pero las hago. Hay que tener mucha paciencia, confiar en uno mismo y seguir. El cuerpo hace cosas impresionantes”, reflexionó.
También señaló que su recuperación estuvo acompañada por condiciones que no todas las personas tienen a su alcance: una respuesta rápida ante los primeros síntomas, atención médica en una institución preparada, acceso a rehabilitación intensiva y una red familiar y afectiva.
“Sé que tuve muchos recursos, y no hablo solamente de lo económico. Hablo también de las personas que estuvieron conmigo. No todo el mundo tiene esas posibilidades y soy muy consciente de eso”, reconoció.
A través de una terapeuta conoció a Juan, presidente de la asociación ‘Por una vida libre de ACV’, y comenzó a acercarse a sus actividades. Quiere contribuir a generar conciencia y compartir lo aprendido.
“Uno nunca vuelve a ser exactamente el mismo que antes. Quizás volvés con algunas limitaciones físicas, pero también creciste en otros aspectos. Yo intento mirar ese lado, aunque sé que puedo decirlo porque tuve suerte y las cosas se fueron resolviendo bastante bien”, valoró.
La importancia del tiempo
Según el relato, reconocer una señal de alarma, pedir ayuda sin demora y llegar rápidamente a un centro preparado para brindar tratamiento puede marcar una diferencia decisiva en un ACV.
En su caso, todo comenzó con una caída inesperada y una sonrisa que su novio supo reconocer como diferente. Hoy, Damasia sigue trabajando, compartiendo tiempo con sus seres queridos y construyendo una nueva etapa de su vida.
