Un análisis de la relación entre la incertidumbre económica y la capacidad cognitiva señala que la escasez puede imponer un ‘impuesto sobre el ancho de banda mental’, limitando la planificación a futuro.
Desde hace años, en Argentina se menciona que la escasez económica afecta el bolsillo y el ánimo. Sin embargo, un análisis reciente sostiene que existe un efecto adicional: cuando la incertidumbre económica se vuelve persistente, puede reducirse el espacio mental disponible para pensar.
Pensar implica poder suspender la urgencia inmediata para proyectar, imaginar alternativas, comparar opciones y tomar decisiones cuyos beneficios aparecerán más adelante. Cuando una parte importante de la atención está ocupada por una deuda, el alquiler o la pregunta de si el dinero alcanzará hasta fin de mes, el margen se estrecha.
El psicoanalista británico Wilfred Bion denominó ‘reverie’ a la capacidad de la mente para recibir, procesar y transformar experiencias emocionales difíciles en pensamientos utilizables. La psicología cognitiva, por su parte, ha estudiado cómo la atención y la memoria de trabajo tienen una capacidad limitada.
En esa línea, el economista Sendhil Mullainathan y el psicólogo Eldar Shafir desarrollaron en ‘Scarcity’ la idea de que la escasez puede imponer un ‘impuesto sobre el ancho de banda mental’. La paradoja es que justo cuando más se necesita planificar para mejorar una situación difícil, menos recursos mentales pueden quedar disponibles para hacerlo.
La persona se concentra en resolver lo urgente, como pagar hoy, llegar a mañana o cubrir un vencimiento. El futuro deja de ser un territorio para proyectar y se convierte en una sucesión de urgencias. Esto ayuda a comprender algunas decisiones que, vistas desde afuera, pueden parecer irracionales, como elegir una solución inmediata aunque resulte más costosa, postergar un trámite importante o renovar una deuda sin comparar alternativas.
Según el análisis, estas conductas no necesariamente expresan irresponsabilidad, falta de disciplina o incapacidad para planificar, sino que pueden ser respuestas de una mente sometida a una demanda constante. También se distingue entre la escasez objetiva y su percepción: no es lo mismo vivir en la pobreza que experimentar ansiedad ante la posibilidad de perder una posición económica.
El texto concluye que la precariedad exige una cantidad de atención para resolver problemas que, en una situación de mayor seguridad, demandarían menos esfuerzo. La escasez no solo reduce los recursos disponibles para vivir, sino que también puede estrechar el horizonte temporal, ocupar la atención y limitar el espacio necesario para imaginar alternativas. Una sociedad que reduce la incertidumbre económica no solamente devuelve dinero, sino también tiempo y espacio mental para pensar el futuro.
