Un grupo de pasajeros vivió una demora de más de 24 horas en el aeropuerto de Barcelona, con cambios de reglamento, cobros imprevistos y falta de atención directa por parte de la aerolínea.
Días pasados, en el aeropuerto de Barcelona, una familia despachaba su equipaje cuando un supervisor señaló que el violín que una menor llevaba en la espalda debía ir en la bodega. Según el pasajero, el argumento fue que la menor ya tenía un equipaje de mano. A pesar de que la familia indicó que la menor viajaba habitualmente con el violín encima, se aplicó el reglamento y se cobraron 135 dólares por despachar el equipaje de mano, cuando un día antes habían pagado 75 dólares por una valija más grande.
Posteriormente, tras una demora por “problemas técnicos”, los pasajeros fueron desembarcados y regresaron a la puerta de embarque. Unos 300 pasajeros esperaron una explicación. El mismo supervisor que había intervenido por el violín informó que no era empleado de la aerolínea, sino de una empresa tercerizada que gestiona la operación en tierra. Ante los reclamos, respondió: “Es el reglamento”.
Se informó que el vuelo saldría a las 14:40 del día siguiente, por lo que los pasajeros debieron pernoctar en el aeropuerto. La derivación hacia el check in implicó atravesar Aduana y controles de seguridad en sentido contrario. El guía perdió la orientación y los hizo retroceder. En el check in, el supervisor tercerizado gestionó hoteles y transporte para los 300 pasajeros, proceso que se extendió por horas. Un grupo decidió quedarse en el aeropuerto.
Por la tarde, antes del nuevo abordaje, se amagó con otra cancelación por otro desperfecto técnico. No se brindó información adicional. Finalmente, los pasajeros abordaron el mismo avión. El vuelo partió de Barcelona a las 16:00. Al llegar a Ezeiza, más de 60 pasajeros, incluida la familia, descubrieron que algunas de sus valijas habían quedado en España.
Un policía del aeropuerto de Barcelona declaró que situaciones similares ocurren a diario. El pasajero señaló que la demora es disculpable, pero consideró “imperdonable el trato indigno por parte de empresas que se escudan en los algoritmos o en servicios tercerizados para no dar la cara”.
