Un informe de la firma de asesoramiento financiero Criteria señala que la economía argentina presenta simultáneamente señales positivas y negativas, configurando un panorama de transición con logros en materia fiscal y reservas, pero con tensiones inflacionarias y sociales.
La pregunta sobrevuela al mercado y atraviesa cualquier conversación económica: ¿la Argentina está bien o está mal? La respuesta, según la empresa de asesoramiento financiero Criteria, está lejos de ser lineal. En casi todas las variables hay señales positivas y negativas al mismo tiempo, lo que configura un escenario de transición, con avances claros pero también con fragilidades.
Uno de los pilares del actual esquema es el ancla fiscal. “Hay una decisión política clara de revertir una historia de déficit, incluso a contramano del mundo hoy”, dice Gustavo Araujo, Head of Research de Criteria. En un contexto internacional en el que las principales economías mantienen desequilibrios —Estados Unidos y China con déficits elevados—, la Argentina apuesta al equilibrio de las cuentas públicas como eje central.
A ese factor se suma la acumulación de reservas. El Banco Central compró más de US$5700 millones en lo que va del año, apalancado por dos motores clave: la energía y el agro. Por un lado, el desarrollo de Vaca Muerta impulsó emisiones de deuda corporativa por unos US$9000 millones en el primer trimestre, destinadas a financiar proyectos petroleros y gasíferos. Por otro, el campo aporta un flujo sostenido de divisas, con una buena cosecha fina y perspectivas favorables para la gruesa.
Ese ingreso de dólares permitió, además, una baja del tipo de cambio mayorista —hoy en torno a $1382, lejos de los casi $1500 que tocó en octubre pasado— y garantiza, según Araujo, que no haya problemas para afrontar los vencimientos de deuda de este año.
Sin embargo, persisten tensiones: el riesgo país se ubica en 530 puntos, reflejo de reservas netas aún negativas y de cierta desconfianza del mercado. La nominalidad, además, sigue siendo un desafío. La inflación de marzo fue de 3,4%, impulsada en parte por los combustibles y la carne. Incluso si hubiesen avanzado los cambios metodológicos que daban mayor peso a los servicios, el índice habría sido de 3,6%. “Se consolida el ancla fiscal, pero la nominalidad no afloja”, dice Gabriel Vidal, analista.
En términos de actividad, el panorama es heterogéneo. Sectores como energía, minería y agro muestran dinamismo, mientras que la industria, el comercio y la construcción siguen rezagados, especialmente en el conurbano. El empleo también refleja ese contraste, con un deterioro más marcado en el sector público. A nivel social, las tensiones son evidentes —caída del salario real, consumo débil, menor confianza—, aunque contenidas.
Araujo también advierte sobre el “ruido político”, que genera fricciones y abre oportunidades para la oposición, aunque esta todavía no logra ordenarse. A esto se suman “errores no forzados” del Gobierno que introducen incertidumbre adicional, en referencia a los escándalos de posible corrupción del jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
Desde el frente externo, Nicolás Max, director de Asset Management de Criteria, aporta otro ángulo clave: el contexto global. A comienzos de año, el escenario parecía favorable para los mercados de riesgo, con expectativas de baja de tasas en Estados Unidos, un dólar débil y estímulos fiscales. Sin embargo, varios de esos supuestos se diluyeron. La guerra en Medio Oriente aparece como el principal factor de incertidumbre. “La clave es si se trata de una disrupción temporal o si deriva en una recesión”, plantea Max.
Un conflicto prolongado, con precios del petróleo elevados —actualmente cerca de US$100 frente a los US$82 proyectados por el FMI—, podría presionar la inflación global y retrasar la baja de tasas de la Reserva Federal (Fed), afectando a economías emergentes como la Argentina. El mercado, por ahora, apuesta a un impacto transitorio. Pero incluso en ese escenario, el contexto sería menos favorable para activos de riesgo.
A esto se suma la transición en la Fed —con la salida de Jerome Powell y la llegada de Kevin Warsh— y la persistencia de tasas de interés altas a nivel global. En Estados Unidos, además, el frente político agrega incertidumbre. Con elecciones de medio término previstas para noviembre y una imagen en caída de Donald Trump, un eventual debilitamiento del oficialismo podría limitar la capacidad de impulsar medidas de asistencia internacional, un factor no menor para la Argentina.
Así, la respuesta a la pregunta inicial queda inevitablemente matizada. Hay orden fiscal, acumulación de reservas y sectores dinámicos que empujan. Pero también inflación persistente, fragilidad social, sectores rezagados y un contexto internacional incierto. En definitiva, la Argentina no está ni completamente bien ni completamente mal: está en un equilibrio inestable, donde cada avance convive con un condicionante. El rumbo muestra señales de corrección, pero el resultado final dependerá tanto de la consistencia interna como de un escenario global que, hoy, sigue siendo una incógnita.
