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lunes, 12 octubre, 2026

Chola López Varela cierra su vivero La Terraza de Benavídez a los 95 años

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El vivero La Terraza, conocido como el vivero de Chola, cierra sus puertas en noviembre. Su fundadora, Chola López Varela, de 95 años, repasa su trayectoria y la decisión de vender los últimos ejemplares tras la jubilación de su colaborador histórico.

El vivero La Terraza de Benavídez, más conocido como el vivero de Chola, cerrará sus puertas en noviembre. Su fundadora, Chola López Varela, de 95 años, confirmó que el establecimiento dejará de funcionar debido a la jubilación de su empleado histórico, Oscar Cabrera, y a problemas de salud que le impiden asistir físicamente.

Chola López Varela se hizo conocida en la segunda mitad de su vida por su especialización en plantas exóticas, que la llevó a ser consultora de paisajistas y una figura reconocida en el barrio. En una entrevista, repasó su historia y los motivos del cierre.

— ¿Cómo empezó su vínculo con las plantas?

— No sé si empezó en algún momento, fue de toda la vida. Mi madre decía que cuando yo tenía apenas cinco años ya andaba pidiéndole gajos a las vecinas para hacer mis plantitas y ponerlas en nuestro jardín. Vivíamos en General Villegas, que era una tierra de campo.

En ese pueblo del noroeste de la provincia de Buenos Aires, donde fue amiga de su vecino Manuel Puig, Chola pasó la infancia. La referencia del amor por la jardinería provino de su abuelo y luego de su hermano.

— ¿Cómo fue su relación con el escritor Manuel Puig?

— Éramos muy amigos de jóvenes, cuando teníamos unos 14, 15 o 16 años. Él venía todos los días a mi casa a tomar la tarde. En ese entonces él todavía no escribía, pero siempre se diferenció. Era alguien que llamaba la atención. Después vinimos a Buenos Aires y dejamos de vernos totalmente porque él vivía en la zona oeste y yo siempre viví en la zona norte.

Chola se mudó a Buenos Aires, se casó, tuvo cuatro hijos y, hasta los 50 años, llevó un estilo de vida que luego cambió. Se dedicó a la jardinería de manera autodidacta.

— ¿Cómo aparece la idea de fundar el vivero propio?

— No fue una idea mía sino de mi hermano Martín, que era dos años mayor que yo. Él siempre estuvo metido en el mundo de los viveros; de hecho, vivió en Panamá y en Estados Unidos criando plantas. Mi hermano vino a visitarnos y vio el ritmo de trabajo que yo llevaba, levantándome tempranísimo para atender a la familia y después salir a las corridas a hacer jardines. Creo que le dio lástima verme andar así, como una “brújula loca” decía mi marido, de un lado para el otro. Un día me dijo que tenía que hacer algo conmigo y me llevó a una escribanía: me regaló el terreno en Benavídez para que yo pusiera el vivero. Nunca en la vida había pensado en tener un vivero, estaba contenta haciendo obras. Pero me entusiasmó la idea de dejar de andar tanto en la calle todo el día. Además, él tenía razón: era una manera más rentable de hacer mi trabajo. ¡Llegué a tener hasta siete empleados en la época de mayor expansión!

— Se dedicó mucho tiempo a traer plantas raras del exterior, ¿cómo eran esas experiencias?

— Yo viajaba a Sudáfrica, a Europa, y siempre volvía con la valija llena de plantas envueltas en papel de diario y metidas en bolsas. En el avión rezaba el rosario y le pedía a Dios que no me las sacaran en la Aduana. Por suerte, nunca me sacaron nada, siempre tuve suerte. No sé si por mis rezos o por qué. Una vez traía una valija entera de plantas y pasamos con total tranquilidad porque los controladores estaban distraídos con un partido de fútbol de esos importantísimos. Decían “pase, pase” a todo el mundo sin mirar. Otra vez, llegué y había una huelga, entonces no nos revisaron.

— ¿Se sentía una traficante? Porque, de hecho, transgredía las regulaciones de la Aduana…

— ¡Es verdad! Pero no, no me importaba nada porque era una ley que sentía que no llegaba a mí; yo estaba trayendo plantas, que es lo más hermoso del mundo. Además, tenía el cuidado de traerlas completamente limpias, sin una gota de tierra y con las raíces bien lavadas, porque lo que contamina y trae pestes no es la planta en sí, sino la tierra. Mi única misión era multiplicarlas, reproducirlas acá y ver si se adaptaban o no. Nunca sentí que lo que yo estaba haciendo, y de la manera en que lo hacía, pudiera estar mal. Traía únicamente cosas raras, especies que acá no existían; jamás un agapanto o algo vulgar. Cuando veía una planta lindísima no me aguantaba, me la tenía que llevar, hacerla crecer, multiplicarla. Tuve suerte: hoy con los sistemas que revisan las valijas eso ya no es posible.

— ¿Qué tiene que tener una planta para que usted diga “esta es una planta lindísima”?

— Para mí, una planta lindísima es la que no ves vulgarmente en todos lados; la rara, la diferente y que tiene belleza, ya sea por su follaje, por sus flores, por sus hojas o por su perfume. La planta tiene tantos valores que te conmueve descubrir esa novedad.

Chola aprendió de manera autodidacta, impulsada por una curiosidad insaciable, una profunda observación diaria y una gran devoción por los libros. A pesar de haber dejado la escuela a los 15 años, leía e investigaba por su cuenta, a tal punto que de uno de sus viajes a España se trajo una valija repleta de libros de botánica. Además, contaba con una memoria prodigiosa para la taxonomía: le bastaba escuchar una sola vez el nombre científico en latín de una planta para que no se le borrara nunca más de la cabeza.

Su verdadera “Biblia botánica” fue un volumen enorme y exhaustivo, de esos textos de consulta complejos que se utilizan en las cátedras universitarias y que reunía las distintas especies botánicas. El ritual de lectura era uno de sus pasatiempos preferidos: consistía en sentarse a leerlo detenidamente durante dos o tres horas seguidas; con total paciencia, marcaba la página exacta hasta donde había llegado para luego retomar el estudio desde ese punto exacto.

Mientras Chola habla se hace evidente que ella también fue una criatura exótica en su ambiente. La conmovía la innovación, la sorpresa, y sentía la impostergable misión de desafiar la característica principal del reino vegetal: la imposibilidad de traslado. Llevaba y traía, difuminaba, distribuía. Soñaba con un jardín en el que estuvieran juntas todas las plantas del mundo y, como una empedernida coleccionista, se propuso traer a estas latitudes la mayor cantidad y variedad de especies. Y siempre, haciéndolo a su manera.

— Fue una visionaria al introducir especies que hoy están de moda o se usan muchísimo, pero antes ni se conocían…

— Sí, fui la primera que trajo la equinácea al país, y fue por pura casualidad. Una vez, como a fines de los 80, un muchacho que era cliente vino y me dijo: “Tengo esta planta con la que me estoy curando, ¿cómo podemos hacer para reproducirla?”. Tenía SIDA él. Me interesé enseguida, le pedí que me la diera y la empecé a multiplicar a lo loco. ¡Llegamos a tener cinco hectáreas de equinácea cultivadas! Sabíamos de sus propiedades medicinales y anduvimos recorriendo laboratorios para ofrecérselas. Pero me sacaban carpiendo. Como llegamos demasiado temprano antes del boom medicinal, esas hectáreas terminamos vendiéndolas como flores cortadas.

— Cuentan que hace mucho también recorría verdulerías ofreciendo kiwis que nadie sabía qué eran ni compraba, ¿es verdad?

— ¡Sí, tal cual! El kiwi lo trajimos gracias a unos alemanes que vivían entre Alemania y San Pedro. El señor era botánico y había traído plantas de kiwi para reproducir. Un día, la mujer de este botánico, que vendía rosas, se quedó “hecha bolsa” porque se le rompió la camioneta de trabajo y le cobraban una fortuna para arreglarla que ella no tenía. Yo era clienta de ella y me pidió ayuda. Hablé con mi marido, le prestamos la plata para el arreglo y ella, como garantía y pago, nos prometió darnos en marzo unas plantas de kiwi que nadie conocía todavía acá. Nos dio tantas plantas que comíamos kiwis a lo loco en casa. Yo misma salía a la mañana en la camioneta con un cajón de kiwis a ofrecerlos personalmente por hoteles y verdulerías de San Isidro, Vicente López y Belgrano. ¡Nadie me compraba nada porque no los conocían! El único que me compró un cajón para probar, y al que siempre le estaré agradecida, fue el Gato Dumas, con quien a raíz de eso entablamos una amistad divina hasta el final de su vida. Era tan arriesgado él. Un loco medio chiflado, pero una excelente persona.

— ¿Y la historia detrás de la famosa “Salvia Chola”?

— Su verdadero nombre es Indigo Spires (índigo de España). Una chica que trabajaba en agricultura en Estados Unidos se trajo un gajito escondido en el avión y me lo dejó en el vivero para que yo lo reprodujera. Empecé a hacer gajos, vendía las plantitas y, como la gente no sabía el nombre científico, la empezaron a llamar “Salvia Chola”. Es una planta que todavía hoy muchos buscan con ese nombre.

— También fue una visionaria en algo que, sin ser una práctica estrictamente moderna, hoy está muy de moda: la de organizar el trabajo en el vivero siguiendo las fases de la luna. ¿Cómo surgió eso?

— En el vivero siempre respetamos el calendario lunar para los gajos, las podas, los trasplantes y el mantenimiento en general. Nosotros comprobamos en la práctica, con más de 30 años de experiencia, que funciona de verdad. Hacer los gajos en el momento lunar adecuado marca una diferencia enorme en el porcentaje de prendimiento de las plantas. Son saberes tradicionales que nacen de observar la naturaleza durante años, equivocarse y volver a probar.

— ¿Existe verdaderamente la “mano verde” para las plantas?

— Existe, totalmente. Yo creo que es una cuestión de temperatura. Hay personas que tienen los dedos calientes y otras que tienen la mano fría; hay gente que planta algo con cierto cuidado y todo se le muere, y a otros les prende enseguida. Tuve empleadas en el vivero que planta que tocaban, planta que me secaban. A los dos o tres días ya me daba cuenta por cómo reaccionaban las plantas y las tenía que echar.

— ¿También funciona en serio eso de hablarles a las plantas?

— Sí, claro que es verdad. Hay que hablarles, ponerles música y darles un buen ambiente. La planta es un ser vivo, responde al cariño. Lo que pasa es que las plantas no hablan nuestro idioma y nosotros tenemos que aprender el lenguaje de ellas.

— ¿Cómo se aprende el lenguaje de las plantas?

— Mirándolas todos los días. Pero de verdad. Si las observás, te das cuenta de que si tiene exceso de agua se pone para abajo, si tiene el agua justa está contenta y para arriba. La planta te habla a través de su estado, solo se requieren tres segundos de tu mirada diaria.

— Dicen que tenía un carácter muy particular para vender: si veía que un cliente no iba a cuidar la planta, prefería no vendérsela.

— Claro, yo le decía directamente a la gente: “No gaste plata en esa planta porque se le va a secar y se le va a morir”. Si venían buscando una planta solo por decoración o para tapar al vecino, sin verdadero amor por la planta, prefería quedármela, que no se la llevaran. También me pasaba que, si tenía una planta muy rara que me había costado muchísimo reproducir y me la querían comprar, yo decía: “No, esta planta es mía y no se vende”. Incluso en una época no dejaba entrar al vivero a algunos clientes con los que no tenía afinidad ideológica o que me parecían muy cuadrados. No era una cuestión política, sino que no entendía cómo alguien con esa mentalidad podía dar amor a las plantas. ¡No soy tan buena como parezco en las fotos!

— Logró en su local algo que ahora los negocios intentan generar: comunidad. El vivero se convirtió en un punto de encuentro donde la gente se quedaba a tomar el té, hacía picnics y se armaba una verdadera “ronda”. ¿Cómo lo hizo?

— Eso se armó de forma totalmente espontánea. El mundo de las plantas es muy especial, vincula a la gente de una manera diferente. Venían paisajistas, alumnas, amigos. Gabi Crook traía a sus alumnas, organizaban almuerzos y picnics bajo el gran arbolado del predio. Se armaban tardes enteras de charlas, té y amistad, donde las plantas muchas veces eran solo la excusa para encontrarnos y compartir. Hice amigos entrañables en el vivero, como Andrés Percivalle, Clara Billoch, Lucía Cané y María Thays, que venía todos los sábados al mediodía a llevarme a comer a su casa para que cortara un rato. El verdadero patrimonio del vivero no fueron solo las plantas, sino los vínculos y el conocimiento que pudimos compartir.

— El vivero le llevaba mucho tiempo y ocupaba una gran parte de su vida; ¿cómo se llevaba la profesión con su faceta familiar?

— Mirá, con mi marido estuvimos 62 años casados, hasta que él murió, hace más de diez años. Era muy diferente a mí; no tenía ninguna inquietud por las plantas y casi nunca iba al vivero. Ese siempre fue mi espacio. Era un hombre buenísimo y especial, me dejaba ser libre. Se divertía conmigo porque éramos agua y aceite: yo era un caos financiero, tiraba cheques sin mirar y él se desesperaba, me ordenaba el desastre y pagaba las cosas. Él era feliz esperándome en casa los fines de semana con el té listo y scons. Muchas veces me decía con cariño: “Yo me jubilé para estar con vos y vos te fuiste al vivero”, porque yo trabajaba los sábados y domingos. Hasta que empecé a cerrar los domingos para quedarme en casa y compartir ese día entero con él. Me imponía quedarme en casa sin salir, y la pasábamos muy bien, cocinábamos juntos. Tuvimos una armonía llamativa dentro de lo diferentes que éramos.

— Dijo que es muchísimo más fácil criar millones de plantas que criar hijos…

— Pero por supuesto, ¡muchísimo más fácil! Las plantas se quedan quietas, no andan correteando de acá para allá. A mí me encantan los bebés cuando se quedan quietos, pero los hijos crecen y te vuelven loca. Prefiero criar millones de plantas antes que hijos, ¡y te ahorrás la terapia de toda la vida!

— Ahora que no está trabajando, ¿extraña meter las manos en la tierra?

— Mucho. Extraño hacer los gajos, preparar el almácigo y, sobre todo, ver nacer las semillas. Es algo emocionante ver la vida nacer ahí, tener esa comunicación con la tierra. Ahora estoy viviendo en una residencia que tiene jardín, pero está hecho pelota. Las chicas me dijeron que lo van a arreglar, y yo ya les estoy dando ideas para mejorarlo.

— Hoy, a sus 95 años, se está cerrando el vivero La Terraza. ¿Cómo vive este momento?

— Es difícil. A veces me da un poco de arrepentimiento haber tomado la decisión, porque hice todo con tanta ilusión y tanto cariño durante 45 años. Pero la realidad es que después de la pandemia me agarró una neumonía muy grande, sufrí de problemas pulmonares y quedé con una insuficiencia respiratoria que me impide ir físicamente al vivero. Ahora mi colaborador histórico, Oscar Cabrera, quien estuvo conmigo desde que abrimos casi al principio, ya se jubila. No podíamos seguir solos. Tomamos la decisión de vender y sacar todas las plantas que quedan hasta noviembre.

Chola López Varela se despide de su vivero, pero su legado continúa en los jardines de quienes adquirieron sus plantas. “No me fue nada mal en la vida, no me quejo. Conocí plantas divinas y personas maravillosas. Lo lindo de este cierre es que la gente se está llevando las últimas plantas a sus casas; es como si se llevaran un pedacito de la historia de La Terraza y de mí misma a poblar nuevos jardines. Las plantas nos sobreviven y siguen la historia”, concluyó.

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