La vivienda, construida en 1876 por Augusto Pieres para Margarita Vázquez de Pieres, se mantiene en pie frente a la plaza Dardo Rocha. La propiedad pasó de mujer en mujer y hoy la ocupa la sexta generación.
En la esquina de 57 y 60, frente a la plaza Dardo Rocha, dos araucarias superan la línea del techo de una casa que, según la familia que la habita, fue construida en 1876, cinco años antes de que Necochea tuviera acta de fundación. La vivienda se llama Villa Margarita y este año cumple 150 años. La ciudad cumplirá 145 el próximo 12 de octubre.
La casa fue levantada por Augusto Pieres, productor rural con campos en la zona que hoy lleva su apellido, el paraje Pieres, en el partido de Lobería. La familia residía en Buenos Aires y pasaba los veranos en la estancia, pero Augusto eligió un terreno en el caserío que empezaba a crecer junto al río Quequén y construyó una casa criolla, con galerías y techo de chapa, para su mujer, Margarita Vázquez de Pieres. La vivienda tomó su nombre.
El 12 de octubre de 1881, cuando en el centro de la plaza se clavó el palo mayor de un velero llamado El Filántropo para izar la bandera y firmar la fundación del pueblo, Margarita ya estaba en esa misma esquina.
Una casa que cambió de piel
La casa criolla de los primeros tiempos tuvo después una planta alta de madera, que terminó consumida por un incendio. En 1914 se realizó la reforma que le dio la silueta actual, la de una villa italiana, con intervención del arquitecto Plana. Con ella llegaron materiales importados, pisos de pinotea de Inglaterra y cielorrasos de chapa labrada traídos de Francia. Las paredes, de casi sesenta centímetros de espesor, están en parte asentadas en barro. Sus actuales propietarios, descendientes de la misma familia, sostienen que esa solidez la mantuvo en pie. Durante décadas, el agua llegó de un molino y de un aljibe.
Cada generación dejó su marca. La vivienda se adaptó a la luz eléctrica, a las cañerías y a las necesidades de cada época, sin modificar lo esencial. «Margarita es un legado que permite disfrutarla con la responsabilidad de mantenerla», resumen sus habitantes.
Lo que hay abajo
La planta principal tiene 250 metros cuadrados. Debajo, casi a la misma escala, se extiende un sótano que funcionaba como una segunda casa. Allí estaban la cocina, la carbonera, los depósitos y más dormitorios. Con los años la vida se mudó por completo a la planta alta y el subsuelo quedó sin uso.
Ese espacio, hoy clausurado, alimenta buena parte de lo que se dice de Margarita en la ciudad. Se habla de conexiones subterráneas con otros edificios de la época, de la influencia de la masonería en el diseño de Necochea y de reuniones políticas celebradas entre esas paredes en los años de la fundación. A pocos metros, sobre la misma esquina, sobrevive el viejo almacén de ramos generales que se llamó El Sol y que exhibe en la fachada un sol que muchos vecinos asociaron a la logia local, Sol Argentino. Ese lote también había pertenecido a Margarita Pieres.
«La sensación que produce entrar es de enigma», dicen quienes hoy la habitan, dejando que el eco de las historias del sótano y de toda la gente que pasó por ahí sobreviva como misterio.
Una herencia de mujeres
Augusto y Margarita tuvieron nueve hijos, y cada uno formó a su vez una familia numerosa. La casa quedó en una sola línea de descendientes, pero sigue siendo la casa de los tatarabuelos para un árbol genealógico que ya no cabe en ninguna mesa. Durante generaciones, los veranos juntaron allí a primos y parientes llegados de todas partes. Por razones que la familia atribuye a las vueltas de cada época, la propiedad pasó siempre de mujer en mujer. Hoy vive en ella la sexta generación.
En una ciudad que demolió buena parte de su pasado, la continuidad vale doble. El Palacio Municipal inaugurado para el Centenario, los hoteles España y Vasconia, la confitería La Armonía y buena parte de las casas de la Belle Époque ya no existen, y en su lugar se levantaron edificios nuevos. Margarita siguió en pie por decisión de una familia que nunca quiso venderla.
En el jardín, sobre un terreno de 1400 metros cuadrados, los árboles cuentan el tiempo a su manera. Hay araucarias, palos borrachos, magnolias y palmeras que superan el siglo. Todos fueron plantados por gente que no llegó a verlos así.
