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sábado, 19 septiembre, 2026

Rafael Jashes: el error de creer que conocemos toda la historia

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El rabino Rafael Jashes publicó un texto en el que reflexiona sobre la tendencia a juzgar a los demás a partir de lo que se ve, sin considerar el contexto. El artículo incluye una historia del quinto Rebe de Lubavitch y el caso de un médico que cambió su forma de atender a los pacientes.

A veces tenemos una enorme facilidad para juzgar a los demás. Vemos cómo alguien actuó, lo que dijo, una decisión que tomó o una reacción que tuvo y rápidamente construimos una conclusión sobre quién es: “Es egoísta”, “es una mala persona”, “siempre hace lo mismo”, “no se puede confiar en él”.

Pero cuando nosotros hacemos algo parecido, la historia cambia. Nosotros tenemos contexto: estábamos cansados, nos había pasado algo, teníamos un problema, no era nuestra intención. Para nosotros hay una historia detrás de lo que hicimos; para el otro, muchas veces solamente vemos el hecho. Y quizás el problema está justamente ahí: confundimos lo que vemos con todo lo que existe.

El valor de mirar

El quinto Rebe de Lubavitch, Rabbi Shalom Dov Ber, estaba conversando con uno de sus discípulos más destacados, Reb Monia Mosenson, un exitoso comerciante de diamantes. Monia no entendía algo: el Rebe podía pasar muchísimo tiempo con personas que, a sus ojos, eran completamente comunes.

Un día se animó a preguntarle:

—Rebe, con todo respeto, ¿por qué dedica tanto tiempo a esta gente? Son buenas personas, por supuesto, pero no parecen tener grandes conocimientos ni preguntas demasiado profundas. No entiendo qué encuentra en ellos.

El Rebe pensó unos instantes y le pidió:

—¿Tenés algunos diamantes con vos?

Monia abrió su bolsa y colocó algunas piedras sobre la mesa. Tomó una y se la mostró al Rebe.

—Mire esta. Observe el color, la pureza. Es extraordinaria.

El Rebe la miró y respondió:

—La verdad, no veo nada especial. Esta otra, que es más grande y brillante, me parece mucho más valiosa.

Monia sonrió.

—Rebe, hay que ser un verdadero experto en diamantes para poder apreciar su valor. Alguien que no conoce puede mirar una piedra y pensar que es común, mientras que un experto observa cosas que los demás ni siquiera saben que tienen que mirar.

El Rebe lo miró y respondió:

—Exactamente, Monia. También para apreciar el verdadero valor de un alma hay que ser un experto.

Y ahí está la profundidad de la historia. El experto en diamantes no tiene una especie de magia en los ojos. Sabe qué mirar: conoce el color, la pureza, las pequeñas imperfecciones, el corte, la luz y la proporción. Ve diferencias que para otra persona son invisibles.

Dos piedras pueden parecernos iguales, mientras que para alguien que entiende pueden tener un valor completamente diferente. Con las personas sucede algo parecido, solo que es muchísimo más complejo. Porque nosotros vemos una conducta, pero no vemos todo lo que hay detrás de ella.

Vemos a alguien que se enoja, pero no sabemos qué viene cargando. Vemos a alguien que se equivoca, pero no sabemos cuántas veces intentó hacerlo bien. Vemos a alguien que está distante, pero no sabemos qué está atravesando. Vemos a alguien que fracasó, pero no sabemos cuánto tuvo que luchar para llegar hasta ahí. Vemos una escena y creemos conocer la película completa.

Sin justificarlo todo

Esto no significa justificar todo. Hay cosas que están mal, hay comportamientos que necesitan límites y personas que deben hacerse responsables de lo que hacen. Pero una cosa es juzgar una conducta y otra muy distinta es creer que conocemos el valor de una persona. Hace poco leí la historia de un médico que descubrió esto de una manera dolorosa.

Durante años había aprendido a mirar a sus pacientes a través de números: presión arterial, creatinina, diagnósticos, medicamentos y resultados de laboratorio. Un día atendió a un hombre de 82 años llamado David Chen.

En su pantalla aparecía: “Hombre, 82 años. Insuficiencia cardíaca. Habitación 402”. Estuvo con él apenas siete minutos. Controló sus signos vitales, lo auscultó, ajustó su medicación y completó los datos de la historia clínica. David quiso contarle algo. Señaló una vieja fotografía que tenía junto a su cama.

El médico asintió.

—Después hablamos.

David murió esa misma tarde. Mientras una enfermera recogía sus pertenencias, le entregó aquella fotografía. En ella aparecía David muchos años antes, abrazado a su esposa frente a un pequeño almacén. El nombre del negocio era “Chen’s Market”.

Y el médico comprendió algo que le dolió profundamente. Sabía casi todo sobre el corazón de David, pero no sabía quién era David. No sabía cómo se llamaba su esposa, no sabía que había empezado de cero, no sabía que había construido aquel negocio y no conocía sus sueños, sus pérdidas, sus alegrías ni sus miedos. Había conocido su enfermedad, pero no había conocido su vida.

Una pequeña libreta

Al día siguiente compró una pequeña libreta negra y comenzó a escribir una cosa de cada paciente que no apareciera en su historia clínica. Una mujer había sido maestra. Otro había manejado un taxi durante cuarenta años. Otra tenía una receta familiar que había ganado un concurso. La libreta empezó a llenarse de pequeñas historias.

Y algo empezó a cambiar. Ya no entraba a una habitación para ver solamente un diagnóstico; entraba para encontrarse con una persona. Hasta que conoció a Leo, un joven de 22 años que se negaba a recibir diálisis. Para todo el equipo era un “paciente difícil”. El médico entró en su habitación y esta vez dejó la tablet afuera. Vio los tatuajes que cubrían sus brazos.

—¿Quién hizo tus tatuajes?

—Yo.

—Son buenos. Este parece el plano de un edificio.

Leo lo miró.

—Quería ser arquitecto —dijo— antes de todo esto.

Durante veinte minutos hablaron de arquitectura, de edificios, de líneas, de crear algo que pudiera permanecer. No hablaron ni una sola vez de sus riñones. Cuando el médico se levantó para irse, Leo dijo:

—Está bien. Podemos intentar la diálisis mañana.

Esa noche el médico abrió su libreta y escribió:

“Leo: quería diseñar ciudades.”

Quizás Leo no se convirtió en otra persona durante esos veinte minutos. Quizás lo que cambió fue algo mucho más sencillo: alguien volvió a verlo.

Aprender a reconocer

Y tal vez eso es lo que necesitamos recordar nosotros también. No siempre podemos saber qué hay dentro del otro. No tenemos toda la información; no conocemos todas sus luchas, sus heridas, sus oportunidades, sus pérdidas ni las batallas que está peleando en silencio.

El experto en diamantes sabe que una piedra puede tener un valor extraordinario aunque alguien que no entiende la mire y diga: “No tiene nada especial”. Y nosotros deberíamos tener la misma humildad frente a las personas.

Porque quizás esa persona que hoy nos parece difícil, egoísta, fría, equivocada o incluso perdida tiene dentro algo que nosotros todavía no sabemos reconocer. No porque no tenga valor. Sino porque nosotros todavía no aprendimos a verlo.

Que tengas un hermoso fin de semana.

(*) Rafael Jashes – Rabino

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