Una reflexión sobre la costumbre de conservar peluches y juguetes en la adultez, a partir de la experiencia personal de una escritora de literatura infantil.
Mientras escribo estas líneas tengo frente a mí a dos erizos: uno es rosado y el otro es castaño y lleva una bufanda a rayas. Si me vuelvo a mirar la biblioteca, encuentro entre los estantes una media docena de osos, entre polares, pandas y koalas, un mapache, y tres muñequitas de ojos grandes y cabellos de nylon surrealista.
Algunos de estos peluches y juguetes son míos y otros los “heredé” de la infancia de mi hija. Realmente, mientras mi hija era chica y la casa parecía la sucursal de una juguetería, no sabía cuánto apreciaba yo los juguetes. A los veinte años, ella se mudó y se llevó en una bolsa los que consideraba más queridos: un par de conejos, una vaca sonajero que me regaló la querida Graciela Repún cuando estaba embarazada y las Barbies sacrosantas.
Su infancia estuvo plagada con un ejército de Barbies que crearon en mí tanta fascinación como las mías en mi mamá. Cuando salía y la llevaba a cenar a casas de amigos, solía llevar sus Barbies. Cierta vez, en medio de una cena, los comensales nos quedamos helados, cuando oímos que de la habitación contigua mi hija y su amiguita Luna hacían decir a las Barbies -que hablaban de tú-: “¿Desde cuándo eres alcohólica?” “Desde que me enamoré de un terrorista bello y musculoso”, respondía la otra. Hemos dejado olvidadas Barbies en taxis, en casas de amigos, en otras ciudades, en lugares de vacaciones. Espero que ellas se hayan adaptado a mejores dueños.
Pero vuelvo a lo que contaba: cuando mi hija se mudó se llevó sus peluches acusándome de que yo era una adulta y ya no había razón para que los conservara.
Insisto, ella tenía veinte años y hacía cuatro que votaba, y así y todo se aferraba a Cachilito, un perro de paño. Hace un par de Días del Niño, -ahora “de las infancias”-, le regalé una Barbie camarógrafa, ya que ella estudiaba cine.
Mi excusa para conservar los juguetes fue que yo suelo escribir literatura infantil. Muchas de mis historias para niños están protagonizadas por animales o por juguetes.
Sin embargo, no hace tanto, escuché a un guionista decir que los adultos que escriben deben comprarse de vez en cuando un juguete para conservar su niño interior. La premisa de este guionista me parece improcedente. Primero, porque me gustaría que mi niño interior alcanzara alguna vez la mayoría de edad así no cometo tantos disparates.
Segundo, que no es necesario ser escritor para desear tener juguetes en la casa.
Amamos los peluches, los títeres, los juguetes porque nos recuerdan la infancia y nos dan ganas de volver a jugar con ellos, como lo hacíamos antes de entrar en este mundo de locos, con esa sensación de estar metiendo siempre la pata.
El adulto que no tenga un juguete querido en su casa que tire la primera piedra. Si hasta mi marido, que se jacta de una madurez estructurada que Freud vería sospechosa, cuando le regalé un astronauta que era títere de dedo, en lugar de rechazarlo, dijo: “Le voy a poner de nombre Agustín Claudio”. Todos compramos muñecos cuando somos grandes y a decir verdad, todos, por salud mental, deberíamos permitírnoslo.
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