El uso de aplicaciones de salud mental basadas en inteligencia artificial crece a nivel global, pero plantea interrogantes sobre privacidad de datos, respaldo científico y posibles efectos de aislamiento, según informes de la Asociación Americana de Psicología (APA).
La Inteligencia Artificial ya se ha convertido en una herramienta a la que se recurre para mucho más que resolver dudas cotidianas y hoy ocupa un lugar relevante en ámbitos sensibles como la salud mental. De hecho, las aplicaciones de salud mental y los sistemas de apoyo emocional basados en esta tecnología están transformando la forma en que muchas personas se relacionan con su bienestar psicológico entre sesiones clínicas e, incluso, antes de iniciar un tratamiento. Sin embargo, no todas ofrecen suficientes garantías, ya que su uso masivo plantea dudas sobre privacidad, evidencia científica y riesgos de aislamiento, tal y como informa el Consejo General de la Psicología en España de acuerdo a un reciente artículo publicado por la Asociación Americana de Psicología (APA) en su revista Monitor on Psychology.
En el último año, el 41% de la población en Estados Unidos utilizó alguna aplicación de salud mental, según una encuesta publicada en BMC Public Health y citada por la APA. El abanico de aplicaciones incluye meditación, seguimiento del ánimo y programas de apoyo emocional, tanto en entornos clínicos como para uso personal. La APA explica que estas herramientas pueden facilitar el acceso a la atención, servir de apoyo temporal o ayudar a incorporar hábitos saludables, pero solo cuando se usan de manera correcta y con garantías.
La inteligencia artificial y los chatbots se han vuelto parte del día a día de muchos usuarios, y los profesionales de la psicología empiezan a considerar la vida digital de sus pacientes como una pieza clave en la evaluación clínica. Recomiendan analizar el equilibrio entre el tiempo frente a la pantalla y el contacto social real, así como el tipo de aplicaciones más utilizadas. “Comprender el paisaje digital de cada persona ayuda a valorar si una app puede sumar a la terapia o si, por el contrario, refuerza el aislamiento”, destaca la APA.
No obstante, la expansión de este mercado viene acompañada de riesgos considerables. La APA advierte que muchas aplicaciones carecen de pruebas rigurosas y de regulación homogénea. Un estudio publicado en Internet Interventions evidenció que sólo 5 de 116 apps para la depresión alcanzaron una puntuación aceptable de transparencia en privacidad, mientras que la mayoría, el 68%, recibió una calificación inaceptable. Además, más de la mitad no tenía política de privacidad identificable.
El número de aplicaciones disponibles supera las 10.000, según un estudio de Springer Nature, y otras estimaciones elevan la cifra a 20.000, según la Agencia para la Investigación y la Calidad de la Atención Médica (AHRQ) de Estados Unidos. La APA subraya que la falta de control hace casi imposible evaluar individualmente la fiabilidad de tantas herramientas. Muchas apps se clasifican como productos de “bienestar general” y no están reguladas por la Food and Drug Administration (FDA), mientras que solo unas pocas, identificadas como “terapias digitales”, deben demostrar su eficacia mediante ensayos clínicos aleatorizados.
Señales de alerta
La propia APA ha desarrollado una guía paso a paso para ayudar a profesionales a elegir herramientas confiables. Además, la American Psychiatric Association avanzó un modelo propio de evaluación, y el programa de distintivos digitales de APA Labs busca identificar aplicaciones que cumplan criterios de valor clínico, seguridad y privacidad.
Entre las principales señales de alerta, la APA señala la ausencia de protección de datos, la falta de respaldo científico y los diseños que incentivan el uso excesivo. Los expertos insisten en que la utilidad clínica depende tanto de la tecnología como del modo en que se usa. “Una aplicación puede ser útil para una persona y perjudicial para otra”, indica la APA, que recuerda la importancia de ofrecer vías de contacto humano, especialmente en situaciones de crisis.
El artículo publicado en Monitor on Psychology advierte igualmente sobre el riesgo de promesas exageradas y la escasa evidencia detrás de muchas apps populares. Un estudio en Cognitive and Behavioral Practice mostró que menos del 4% de las aplicaciones para la ansiedad han sido validadas en ensayos clínicos controlados.
La APA recomienda finalmente que las aplicaciones permitan a los usuarios acceder a sus propios datos y compartirlos con sus profesionales de salud, y desaconseja la adopción de herramientas que oculten información o que inviten a pasar más tiempo en línea en detrimento de la vida presencial. Según la APA, la clave está en combinar la vida digital y la presencial para lograr beneficios reales y evitar riesgos asociados a un uso inadecuado de la tecnología.
