La pensadora francesa analiza el rol de las grandes tecnológicas en el poder estatal, el concepto de fascismo-simulacro y la presencia de Peter Thiel en Argentina.
Hace poco más de un mes, Palantir, empresa tecnológica liderada por Alex Karp, publicó en redes sociales un manifiesto en el que afirmó la obligación de Silicon Valley de “participar en la defensa de la nación” y señaló que algunas culturas “permanecen disfuncionales y regresivas”. La firma ha realizado contratos multimillonarios con el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump.
LA NACION entrevistó a Asma Mhalla, doctora en Ciencias Políticas por la Ehess e investigadora en la Universidad de Nueva York, especialista en geopolítica de la Inteligencia Artificial y las Big Tech.
El viernes 22 de mayo a las 19, Mhalla participará de la conferencia inaugural de la Noche de las Ideas en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. El sábado 23 a las 17 será parte de la charla “Tecnopolítica. El Gran Hermano te está mirando”.
—En su libro Cyberpunk usted califica el sistema occidental de totalitario, incluso fascista. ¿En qué sentido usa esos términos?
—Fascismo, en mi uso, nombra una forma política: líder carismático, enemigo declarado, movilización ritual, desprecio por el registro parlamentario, una estética de la fuerza. La versión actual preserva la ceremonia democrática. Hay elecciones, la prensa funciona y los partidos hacen campaña. Dentro de ese teatro preservado, una lógica amigo-enemigo estructura al Poder Ejecutivo. A eso lo llamo fascismo-simulacro. Totalitarismo nombra la saturación de la vida social, perceptiva y cognitiva por un único principio ordenador. Extiendo la intuición de Hannah Arendt al presente, donde la cognición, la percepción, los afectos, la atención, el lenguaje pasan por infraestructuras de propiedad privada que operan como una tecnología total.
—Palantir ha firmado más de 100 contratos con agencias federales norteamericanas por casi 900 millones de dólares. ¿Qué significa que una empresa privada pase a formar parte de la infraestructura del Estado?
—La soberanía ha migrado: el Estado delega su capacidad en una firma privada cuya infraestructura de datos ocupa el lugar donde antes pensaba la administración pública. Palantir es a la vez un actor geopolítico, un actor político y una compañía. Describí esto en Cyberpunk como un BigState, o un Leviatán híbrido de dos cabezas. Una cabeza es performativa y visible: el aparato electo. La otra es infraestructural: megacorporaciones privadas fuera del alcance de los procedimientos democráticos ordinarios.
—Trump otorgó rango militar a ejecutivos de OpenAI, Meta y Palantir. ¿Cómo se articula la lógica pública con la corporativa?
—El muro categorial entre autoridad corporativa y mando militar ha sido desmantelado por decisión ejecutiva. El objetivo de Washington es integrar estructuralmente a Silicon Valley en el aparato estratégico y militar de Estados Unidos. La IA cambió la escala del problema porque es al mismo tiempo una tecnología económica, militar, cognitiva y geopolítica. La paradoja es que las democracias liberales se construyeron sobre la separación entre autoridad pública, poder militar e intereses privados.
—¿Considera que estas empresas se conciben a sí mismas como modeladoras de civilización?
—El manifiesto de Palantir es una confesión. Su filosofía tiene un nombre que ellos mismos reivindican: la Ilustración oscura. La doctrina rompe con la modernidad occidental —la racionalidad ilustrada, la igualdad, el autogobierno colectivo— y con el Estado moderno —la función pública, el control parlamentario, la ciudadanía universal.
—¿Qué especificidad tiene la tecnopolítica en nuestro continente?
—Argentina es el caso en vivo. Peter Thiel llegó a Buenos Aires el 12 de abril de 2026. El 23 de abril se reunió con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada, junto al canciller Pablo Quirno. Compró una mansión en Barrio Parque. Thiel se ve a sí mismo como un capitalista de riesgo para la política. El día anterior a la reunión, Palantir publicó su manifiesto de 22 puntos. La geografía de la doctrina se está trazando en tiempo real, y Buenos Aires está dentro de ella. Milei impulsa una agenda de seguridad y transformación del Estado basada en desregulación, reestructuración de servicios de inteligencia, control policial anticipatorio, control fronterizo y alineamiento con Estados Unidos e Israel. Peter Thiel y Palantir ofrecen la infraestructura tecnológica para un Estado hipercentralizado, guiado por datos, capaz de vigilancia, predicción y toma de decisiones en tiempo real.
—¿Qué le diría a un usuario común de la tecnología de estas empresas?
—No somos culpables por usar estas herramientas, pero sí responsables de usarlas de manera consciente. Lo que está en juego va más allá de la privacidad. Se trata de la percepción, la atención, el lenguaje, las categorías a través de las cuales el mundo aparece como mundo. El antídoto es la realidad: un café, un libro, una caminata, una historia de amor, una cena familiar. Hay que cultivar ese espacio y tratar la tecnopolítica como un asunto político, no como uno de consumo.
