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viernes, 15 mayo, 2026

El desprecio como combustible emocional de la política contemporánea, según François Dubet

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El sociólogo francés François Dubet analiza en su libro ‘El desprecio’ cómo esta emoción se ha individualizado y convertido en motor del populismo en las democracias occidentales.

François Dubet, sociólogo francés y profesor emérito de la Universidad de Burdeos, sostiene que el desprecio —una emoción a menudo confundida con vergüenza o indignación— se ha transformado en el combustible emocional del populismo en las democracias occidentales. Esta es la tesis central de su libro El desprecio, publicado originalmente por Seuil en septiembre de 2025 bajo el título Le mépris. Émotion collective, passion politique y editado en español por Siglo XXI Editores en abril de 2026.

La idea principal es que todos, en algún momento, desprecian y son despreciados. Los pobres desprecian a las élites por dar lecciones desde el pedestal sin resolver problemas cotidianos. Los sectores dominantes y progresistas desprecian a quienes consideran ignorantes o conservadores. Maestros, médicos e investigadores se sienten ignorados por una sociedad que ya no los trata como referentes morales. Entre los sectores populares, la hostilidad se dirige hacia quienes reciben asistencia estatal o hacia los extranjeros que perciben como competencia laboral.

En una entrevista con el medio francés Le Café pédagogique, Dubet explicó que este sentimiento no es nuevo, pero ha cambiado de naturaleza: “Hace algunas décadas, el desprecio era una experiencia colectiva inscrita en un sistema de clases. Hoy, la gente dice: yo soy despreciado, yo, como individuo. Ese es el cambio”. La antigua conciencia de clase, que proveía identidad colectiva y protegía la dignidad, se ha disuelto, dando lugar a experiencias singulares de humillación sin cauce político.

Dubet traza una línea directa entre esa acumulación de agravios individuales y el ascenso de los populismos. Líderes como Donald Trump o la derecha radical europea movilizan la imagen de un pueblo despreciado por élites, expertos, extranjeros y ricos. La lógica es circular: “Solo se libera uno del sentimiento de ser despreciado despreciando a su vez”, afirmó Dubet. “El líder populista habla en nombre de los despreciados”.

El libro también aborda la relación entre meritocracia e injusticia percibida. El ideal de igualdad de oportunidades ha reemplazado a la antigua noción de justicia basada en la reducción de desigualdades de clase. Cuando el sistema proclama que todos parten del mismo punto, los fracasos se vuelven personales. “Incluso si las desigualdades apenas se modifican, los vencedores merecerían su éxito y los vencidos, su fracaso”, describe Dubet. Los diplomas se exhiben como prueba de mérito; la ausencia de diplomas, como prueba de insuficiencia.

Las consecuencias políticas son visibles en las urnas. “Hace cuarenta años, los trabajadores sin diploma votaban a la izquierda, mientras los diplomados optaban por partidos conservadores. Hoy, los menos titulados no votan o apoyan a la extrema derecha, y los diplomados a los partidos progresistas, verdes y liberales”, señaló el sociólogo. Esta fractura atraviesa las democracias occidentales y refleja una reconfiguración profunda de los alineamientos políticos.

Frente a este diagnóstico, Dubet propone tres líneas de acción: fortalecer instituciones que reconozcan múltiples formas de mérito, priorizar el apoyo a los sectores más vulnerables, y movilizar asociaciones, sindicatos y comunidades profesionales fuera del ámbito formal. “Una sociedad que reconoce varias formas de mérito es más justa que una que solo reconoce una”, sintetizó.

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