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miércoles, 13 mayo, 2026

Creer o no creer: el dilema de la confianza en la política argentina

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El escepticismo ciudadano crece ante la corrupción, la impunidad y la desconexión de la dirigencia. Un análisis sobre la crisis de credibilidad en las instituciones y el desafío de reconstruir la fe democrática.

El dilema de Hamlet quedó demasiado chico para la realidad argentina. Hoy, la disyuntiva existencial que atraviesa al ciudadano de a pie ya no pasa por el ser o no ser, sino por algo mucho más terrenal y doloroso: creer o no creer. Frente a una clase política que transformó la representación pública en un negocio privado, el escepticismo dejó de ser una postura filosófica para convertirse en un mero instinto de supervivencia.

A lo largo de las últimas dos décadas, los argentinos han sido testigos de una catastrófica devaluación de la palabra. La confianza, ese pilar invisible pero indispensable que sostiene cualquier pacto democrático, fue dinamitado por quienes juraron defenderla. El descreimiento generalizado no es un capricho sociológico, es la consecuencia lógica de un sistema viciado.

Llevamos más de veinte años asistiendo a un desfile grotesco de escándalos que, por su frecuencia, anestesiaron nuestra capacidad de asombro. Las tramas de corrupción evolucionaron con el mismo resultado de siempre: el enriquecimiento ilícito de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría. La Justicia, que a veces parece actuar con celeridad en ciertos casos pero se vuelve lenta o cómplice en otros, permitió que la corrupción pase de ser la excepción a ser el procedimiento estándar, erosionando cualquier atisbo de fe en las instituciones. Ante todo, la impunidad como norma.

Los discursos de sacrificio exigidos al ciudadano contrastan violentamente con los privilegios obscenos de quienes ocupan el poder, dando cuenta de su cinismo retórico. Quizás lo más imperdonable no sea solo el robo del erario público, sino el desprecio por el ciudadano; la anticasta, que termina siendo más casta que la casta misma. Existe una desconexión abismal entre la dirigencia y la calle. En campaña, el político se disfraza de vecino empático, besa niños y promete soluciones mágicas. Pero tras los comicios se activa una amnesia selectiva y automática.

La apatía de la clase política hacia sus votantes es total. Se gobierna desde una burbuja, de espaldas a la inflación que tritura salarios, a la inseguridad que arrebata vidas y a la falta de oportunidades que expulsa a los jóvenes, sin olvidarnos de la cruel eutanasia al maltratado jubilado. La política pasó a convertirse en una aristocracia de funcionarios que solo se preocupan por perpetuarse en el poder y mantener su impunidad. No creer es la reacción natural ante un Estado fallido y una dirigencia cínica, porque cuando la sociedad deja de creer por completo, también deja de exigir.

Entonces, ante la encrucijada de ¿creer o no creer? Elijo creer, pero esta vez no en una promesa de campaña, sino en la capacidad de una sociedad que tarde o temprano exigirá que su destino esté a la altura de su fe. El gran desafío de la Argentina no es solamente estabilizar su economía, cerrar la grieta, acabar con la inseguridad, no depender del dólar…, sino lograr el milagro de que surja una dirigencia que entienda de una vez por todas que el poder no es un cheque en blanco, sino una responsabilidad que desde el regreso de la democracia los malos políticos vienen traicionando.

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