A 28 años del levantamiento en la Unidad Penal 2 de Olavarría, se analizan los sucesos documentados y las versiones que rodearon uno de los episodios más violentos del sistema carcelario argentino.
El 30 de marzo de 1996, durante la Semana Santa, se desató un violento motín en la Unidad Penal 2 de Sierra Chica, en Olavarría. Lo que comenzó como un intento de fuga por parte de un grupo de internos, derivó en una toma del penal que se extendió por ocho días, con rehenes, enfrentamientos y numerosas víctimas fatales. El episodio es recordado como uno de los más graves en la historia penitenciaria de Argentina.
El establecimiento, conocido por sus duras condiciones y jerarquías internas, fue escenario de un conflicto que trascendió una simple rebelión, transformándose en una disputa violenta entre facciones de presos. Los grupos liderados por Marcelo «Popó» Brandán Juárez y Jorge Pedraza, conocidos como «Los Doce Apóstoles», se enfrentaron a otros internos, entre ellos Agapito «Gapo» Lencina.
Entre las narrativas posteriores al motín, circularon versiones extremas sobre actos de canibalismo y profanación de cadáveres. Testimonios de algunos rehenes y presos mencionaron la preparación de empanadas con restos humanos y el uso de una cabeza como pelota en el patio. Si bien estas afirmaciones nunca pudieron ser probadas judicialmente mediante pericias forenses concluyentes, quedaron registradas en declaraciones y contribuyeron a una leyenda en torno a los hechos.
La causa judicial estableció, a partir de múltiples testimonios, que varios cuerpos fueron mutilados e incinerados en el horno de la panadería del penal. Respecto al relato del «partido de fútbol», versiones de testigos directos, como la del rehén Marcelo Cortés, describen una escena de violencia caótica con una cabeza humana, pero matizan que no se trató de un juego organizado.
El caso, investigado en su momento por la jueza María de las Mercedes Malere, puso en evidencia las graves condiciones del sistema carcelario y la intensa violencia que puede generarse en su interior. A casi tres décadas, el motín de Sierra Chica permanece como un episodio histórico sujeto a análisis, donde los hechos documentados se entrelazan con relatos que han alimentado su repercusión en la memoria colectiva.
