A cincuenta años del golpe, muchas sensaciones. Muchos yoes, muchos volver a nacer, volver a morir, volver a nacer y volver a morir. Cincuenta años donde las palabras Memoria, Verdad y Justicia suenan fuerte, resuenan en un eco profundo y pesan toneladas de bronca y de pasión.
Memoria para no olvidar, para volver a recordarlos una y otra y cada vez. A ellos, a los 30 mil, a sus sueños, a su lucha, a la de sus Madres, a la de sus Hijos, a la de los sobrevivientes, a los juicios, a los hermanos que falta encontrar.
Memoria para rescatarlos del olvido, para siempre. Y que no haya tumba para la Verdad, aunque lo quieran, aunque se encarguen gobierno tras gobierno de esconderla, de postergarla o de enterrarla.
La lucha por la Verdad es contarla, es transmitirla, es desenmascararla de los rostros de quienes la ocultan. Para que haya al fin Justicia y no sigamos sufriendo la herencia de la dictadura, sus planes de ajustes y su brutalidad.
Buscar la Justicia es lograr condenar a todos y cada uno de los genocidas y sus cómplices, civiles y eclesiásticos, que han seguido y siguen estando en funciones. Es lograr que mueran en la cárcel y no en sus casas, como lo hace hoy la inmensa mayoría de los condenados, con todas las comodidades que no han tenido sus víctimas. Es restituir la verdadera identidad a los hijos que nos falta encontrar. Es lograr que, para eso, abran los archivos que ningún gobierno quiso abrir y poder encontrar la respuesta al “¿dónde están los 30 mil?”
Justicia es lograr que se termine el negacionismo y que venzan nuestras luchas obreras y estudiantiles sin más persecuciones. Que nos organicemos para que esas tres palabras, Memoria, Verdad y Justicia suenen, resuenen, pesen y pisen cada vez más fuerte todos los días.
Cincuenta años. Muchas sensaciones. Muchos recuerdos. Muchos volver a nacer y volver a morir…
Siempre los busqué, siempre… y en cada lucha los encuentro, muy dentro mío*
“Papa y mamá volverán cargados de juguetes”, me decía la abuela ante mis inquietudes e incertidumbres de niña acerca de por qué no estaban. El relato acorde a mi edad era el ideal: papás trabajando en una juguetería en el sur. Lejos, muy lejos, ¡tan lejos! Esperaba junto a mis hermanas ese momento con tanta ansiedad, alegría y angustia contenida.
No se hablaba mucho, no se hablaba nada. Estaba prohibido sufrir y volver a sufrir. El silencio, el temor, la culpa de la palabra primaban. Y a veces la sensación de abandono. Cartas y cartas de amiguitas de la escuela donde me preguntaban por ellos eran quemadas a escondidas de mi abuela. No se tenía que hablar, no se debía sufrir más.
Ante el silencio, extendido en años, y la bulliciosa adolescencia que me incitaba a saber más (a saber algo), surgieron grandes aventuras desenfrenadas de búsqueda. Infructuosas todas.
El relato de la juguetería fue cambiando al ritmo de mi anatomía. Cuando ya no esperaba más juguetes, supe que a ellos, a mis viejos, unos “señores malos, que no estaban de acuerdo con sus ideales, se los llevaron”… dándole contenido así al término “desaparecidos”.
Llegaba a la universidad y crecían más los miedos. El silencio me envolvía más que nunca, no se debía hablar. A los centros de estudiantes los veía de lejos. El apellido “prohibido” era “peligroso”, según la abuela. La negación de la identidad era la que primaba ahora.
Las letras y la docencia fueron las primeras herramientas que me dieron la palabra. Claro que una vez que ella ya no estaba. Se fue sin volver a hablar, se fue sin volver a ver a su hijo y a su nuera. Y yo, yo empezaba a nacer.
Nací por primera vez en un aula con mis alumnos, de la mano de la literatura, a través de textos sobre dictadura que me ayudaban a hablar de mí, de nuestra historia.
La angustia y el dolor no se iban del todo. Nunca. Y nunca se irán. Nunca se irán, si me quitaron lo esencial de la vida. Un abrazo suyo, al mínimo llanto mío, las tediosas fotos de los padres el primer día de jardín, de primaria o de secundaria. Los peinados (¿lindos? ¿feos?) de mamá o de papá. La contención de ella en mis cambios hormonales, los retos de él en mis rebeldías adolescentes, o quizás hubiera sido a la inversa. La complicidad en mis travesuras, su compañía en mis tristezas.
Mis hijas también sufren su ausencia, les quitaron los apretujones de sus abuelos y el amor desmedido que seguramente les hubieran dado.
Siempre los busqué, siempre. Tan jóvenes como en sus últimas fotos, tan bellos como me contaron que eran.
Un día me di cuenta que nunca llegarían con la bolsa de juguetes desde tan lejos, que esos señores malos nunca me los devolverían, que los “desaparecidos” lo seguirían siendo. Lo siguen siendo. Que los abrazos a mis hijas nunca serían posibles más que en sueños. Ahí me propuse buscarlos de otra forma. Conocerlos, no sólo por sus fotos o anécdotas familiares, sino a través de sus ideales, de lo que soñaban.
Y comencé a militar. La militancia me salvó, lo dije siempre. Me hizo ver que no estaban tan lejos, sino dentro mío. En cada lucha los tengo cerca, en cada lucha vuelvo a nacer. Los veo en cada camarada que me acompaña, en cada trabajador que reclama, en cada joven que denuncia, en cada mujer que grita por sus derechos.
Ya no siento sus ausencias si levanto sus banderas, las del socialismo, cuando lucho con mis compañeros como ellos lucharon con los suyos por un mundo libre, sin oprimidos ni explotados. Me lleno de orgullo y de esperanza en cada camino recorrido junto a mis camaradas. Me explota el pecho de emoción cada vez que pisamos fuerte la gran plaza que alguna vez fue de ellos.
Por eso este 24 de marzo tenemos que ser más los que levantemos esas banderas, contra la impunidad de ayer y la de hoy, contra el gobierno negacionista de Javier Milei y sus cómplices opositores y su ajuste acompañado de represión.
Este 24 de marzo marchemos y ¡que tiemble la Plaza de Mayo! ¡Que se escuchen las 30 mil voces que intentó callar el genocidio! Pidamos cárcel común, perpetua y efectiva para todos los genocidas y que abran los archivos de la dictadura.
Demostremos que no han sido derrotados quienes lucharon por un mundo mejor. Un mundo en el que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes, y totalmente libres”.
Lloré por ellos, y por mí…
Lloré por los años que nos robaron…
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo…
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé…
por las atrocidades que sufrieron…
por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfana…
Lloré
Amarga y pausadamente…
Y siento culpa de la bronca que alguna vez tuve,
y me brotan las ganas terribles de pedirles perdón por haber sentido ese odioso sentimiento de abandono…
Encontré la forma, viejos queridos…
Encarnando su lucha, sus sueños, los de aquellos “jóvenes utópicos” y los de estos “adultos románticos”.
Estoy de pie (no hace mucho)
En ustedes me apoyo, firme como un bastón tallado en una madera antigua, contra una pared de viento, rescatándolos del olvido…
para siempre…
No hay tumbas para la verdad…
ni debe haberlas…
Este 24 de marzo (y el resto de mis días)…
No olvido, no perdono, no me reconcilio
(inspirado en la novela Los sapos de la memoria de Graciela Bialet… y en mi historia)
*El texto del segundo apartado fue originalmente publicado en 2017 en este sitio.
