– Este no es ni el primero ni el último Gobierno que cree que puede clausurar, no solo la lucha de clases, sino a las clases mismas. Cree que puede decretar, mediante una ley votada a las apuradas por una casta impresentable, el fin del movimiento obrero.
– Ese espejismo —viejo como el capitalismo, renovado con cada ofensiva empresarial— suele apoyarse en una confusión deliberada: toma el silencio como rendición, la desorganización como derrota y la fatiga social como consentimiento. Pero la historia argentina (y no solo la argentina) está llena de gobiernos que confundieron una pausa con un cierre definitivo. Y cuando hicieron esa lectura, lo que vino después no fue el “fin” de nada, sino una reconfiguración: nuevas formas de conflicto, nuevos puntos de apoyo, nuevas tramas de resistencia.
– Y esta semana las trabajadoras y los trabajadores argentinos hicieron algo más que silencio: transformaron un paro convocado sin muchas ganas, sin movilización centralizada ni piquetes, en un paro contundente. Según información periodística y desde los lugares de trabajo a nivel nacional, el más fuerte de toda la era Milei. Además, algunos sindicatos, la izquierda y muchas personas no organizadas, se movilizaron.
– La pregunta, que yo creo más interesante, no es si Milei “avanza” —eso es evidente—, sino en qué fase de su ofensiva está y qué formas adquiere esa ofensiva. Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, dice el viejo refrán. ¿Está todavía en el tramo ascendente, donde cada golpe parece fácil y cada victoria se acumula sin costo? ¿O está entrando en un momento más delicado, ese instante en que la ofensiva empieza a pagar cada paso con costos crecientes y beneficios decrecientes?
– Se puede sostener —sin romanticismo, sin decretar derrumbes, con la prudencia que exige una coyuntura dura— que el gobierno se acerca a un punto culminante. En el sentido clásico: el punto en que el atacante debe empezar a gastar más energía para conservar lo conquistado que para conquistarlo. Y ahí aparece un dato decisivo que muchos análisis subestiman: la reforma laboral no será un episodio cerrado, sino el comienzo de una guerra de posiciones. Es decir: una disputa extendida, por acumulación, por trincheras múltiples, donde el terreno “legal” es apenas una de las capas del conflicto. Todo esto, si pasa en el Senado.
– Porque, aun si la Cámara Alta consuma la sanción y el Boletín Oficial la publica, el problema real recién empieza. Y la aplicación, en materia laboral, no opera en el vacío. Se juega en los convenios, en los juicios, en las inspecciones, en las paritarias, en el lugar de trabajo, en la correlación concreta que existe entre quien manda y quien obedece. Por eso la reforma, lejos de ser un cierre, abre una etapa: obliga al gobierno a sostener su ofensiva en un terreno donde las victorias no se miden solo por votos, sino por prácticas sociales.
– Hay, por lo menos, tres indicios que empujan hacia la lectura de un momento de quiebre en el que los costos son cada vez son más altos.
– El primero: la ofensiva parlamentaria empieza a tener precio social. No es lo mismo sancionar una norma en un clima de apatía que hacerlo bajo la presión de un paro general, con conflicto visible y con una discusión que se filtra en los lugares de trabajo. La votación del 12 de febrero y la huelga del 19 mostraron algo simple pero importante: aun con un régimen político que facilita el trámite legislativo, la sociedad no está completamente anestesiada. Su energía puede estar dispersa, subejecutada, sin dirección concentrada; pero existe. Y cuando existe, la “normalidad” que el gobierno necesita para convertir ley en costumbre se vuelve más difícil de fabricar.
– Y el “error” del famoso artículo 44 (luego retirado), ese que decía enfermarse (incluso de cáncer) era un lujo por el que no debían pagarte su salario completo, actuó como un prisma que extendió el debate sobre el verdadero carácter de la reforma. Nunca en el último tiempo se discutió tanto sobre el trabajo, la clase, los sindicatos, los derechos,la CGT, como se discute ahora. Y esa discusión, esa politización, es buena, es un punto de partida.
– El segundo indicio: el programa económico desgasta la base material del consentimiento. Si la industria no repunta, si el consumo se arrastra, si el salario corre siempre desde atrás, el “contrato” implícito sobre el que fundamentan la ofensiva (aguantar hoy para mejorar mañana) pierde credibilidad. A veces esa credibilidad no se rompe con estrépito; se degrada. Se transforma en resignación: “no hay alternativa”. Pero incluso ese consentimiento gris tiene límites. Porque cuando el ajuste deja de ser una cifra y se vuelve una amenaza concreta sobre el empleo, los ritmos, la indemnización, la negociación colectiva, la resignación puede mutar.
– Y ahí el gobierno choca con algo elemental: no se puede precarizar sin producir conflicto. Puede haber demoradas, retrocesos, derrotas parciales; pero el intento de reestructurar el trabajo “desde arriba” tiende a reactivar la política “desde abajo”. La reforma laboral, por su propia naturaleza, toca el nervio del vínculo social. No es un impuesto. No es una tarifa. Es un cambio en la relación entre clases.
– El tercer indicio: las tensiones dentro del bloque dominante empiezan a asomar. Cuando el rumbo económico golpea a sectores industriales, cuando la velocidad del ajuste amenaza negocios, cuando la reestructuración deja ganadores demasiado visibles y “perdedores” demasiado influyentes, las diferencias empresarias dejan de ser un rumor de pasillo. No necesariamente se expresan como rechazo frontal a la reforma laboral —todos empresarios la desean—, pero sí como cuestionamientos al ritmo, al método, a la sostenibilidad del esquema. Esa discusión interna debilita la capacidad del gobierno de “asegurar lo conquistado”. Y en una ofensiva, asegurar lo conquistado es el problema central: se necesitan aliados estables, recursos y control. No basta con el impulso.
– Llegados a este punto, conviene evitar dos errores simétricos: la profecía del derrumbe inmediato y la ilusión del triunfo definitivo del oficialismo. Lo que se abre, más bien, es una etapa de desgaste: una disputa donde el gobierno puede ganar votaciones y, sin embargo, empezar a perder autoridad social; puede acumular leyes y, al mismo tiempo, encontrar dificultades crecientes para gobernar la vida real.
– A veces, la “casta” sanciona normas que nacen con fecha de vencimiento social. No porque el Congreso sea un museo —aunque a ratos lo parezca—, sino porque la política institucional suele llegar tarde a lo que ya se está moviendo por abajo. Se legisla para ordenar un país que se desordena por otros canales. Y en Argentina, ese desfasaje es casi una regla: el Boletín Oficial publica, pero el país decide.
– Y una obligación es sacar conclusiones sobre las responsabilidades políticas: la CGT que negoció menos que en los años noventa e hizo un paro para lavarse la cara y nada más. Y el peronismo y su “caza de traidores”. A ver, una vez te podés equivocar y metiste un “traidor”; dos veces, bueno fíjate; ahora si siempre cada vez que llamaste a votar un frente, te “sorprenden” los traidores, ya no es un error; es una tendencia, un programa y una estrategia.
– Si la reforma laboral termina de consumarse en el Senado, el gobierno podrá presentarlo como una victoria. Y lo será, en el plano formal. Pero el sentido estratégico se juega en otro lado: si esa reforma logra convertirse en práctica dominante o si queda atrapada en una guerra de posiciones. En esa distancia entre la ley y la vida —entre lo que se vota y lo que efectivamente se impone— suele esconderse el punto culminante de una ofensiva: no el día en que el poder se cae, sino el momento en que empieza a descubrir que ganar una sesión no equivale a tener garantizada la conducción del país.
