Películas argentinas y extranjeras han abordado la incapacidad de los escritores para continuar su labor. La historia registra casos de autores que abandonaron la publicación tras alcanzar el éxito.
El bloqueo creativo de los escritores es un tema recurrente en la producción audiovisual. Entre las películas argentinas y extranjeras de la última década que lo abordan se encuentran El ciudadano ilustre (2016), de Gastón Duprat y Mariano Cohn; ¿Podrás perdonarme algún día? (2018), de Marielle Heller; Déjalos hablar (2020), dirigida por Steven Soderbergh; y Lo dejamos acá (2026), de Hernán Goldfrid. En estos filmes, la tensión se resuelve de distintas maneras para el sujeto bloqueado, desde la tragedia hasta el éxito, y los tonos varían entre la sátira, la comedia y la comedia negra.
La incapacidad íntima de un escritor o escritora para continuar con su labor presenta dificultades específicas, diferentes de los obstáculos que podrían surgir en otra profesión u oficio. Mientras que la mayoría de los trabajos se practican conforme a reglas y saberes que, con mayor o menor dificultad, producen generalmente los resultados esperados, en la creación literaria interviene un elemento adicional que no depende solo de la voluntad y la memoria de lo aprendido. Los griegos y los poetas del Romanticismo aludieron, con diversos nombres, a la noción de inspiración: una fuerza inconsciente y/o divina que se apodera del sujeto y que no se puede desencadenar solo a fuerza de aplicarse. Los protagonistas de las películas mencionadas sufren una persistente esterilidad pese a todas las medidas supuestamente estimulantes que adoptan en su desesperación.
Los efectos de esta impotencia exceden también a los que se podrían esperar de otras profesiones. No se trata únicamente de problemas de dinero o de reconversión laboral. Aunque en todo trabajo hay una construcción de identidad, en los casos citados lo que se juega es el derrumbe total del ego, aunque los autores ya tengan en su haber obras que les han dado no solo dinero y fama, sino prestigiosos premios. Más allá del ego, es la médula del ser, la fuente misma de la energía vital, lo que parece dañado. Quizá por eso los héroes y heroínas de estos filmes harían cualquier cosa, insalubre, ilegal o inmoral, para recuperar, o siquiera fingir que han recuperado, el fuego creador.
La historia registra casos reales en los que los afectados mantuvieron voluntariamente el silencio literario hasta sus muertes. Arthur Rimbaud dejó de publicar durante diecisiete años desde Iluminaciones (1874). Harper Lee (1926-2016) no volvió a publicar durante cincuenta y seis años después de su éxito mundial Matar un ruiseñor (1960). J.D. Salinger (1919-2010) mantuvo un silencio de cincuenta y nueve años luego de El guardián entre el centeno (1951).
Si para algunos ese silencio significó angustia, otros consideraron que su misión estaba cumplida, que ya habían dado lo mejor de sí. Hay vida, aunque la obra se llame a silencio. Y seguramente una honestidad esencial, cuando se decide escribir solamente las palabras imprescindibles.
