Un hombre de 42 años, tras ser despedido de su trabajo, regresó a la granja de su abuelo y desarrolló un emprendimiento familiar que creció de 8 a 110 cabras. La actividad incluye producción artesanal y visitas guiadas.
Un hombre de 42 años fue despedido de su trabajo y decidió regresar a la granja de su abuelo. Lo que comenzó con 8 cabras se expandió hasta alcanzar las 110, en un proyecto familiar que encontró en la producción artesanal una forma de generar ingresos.
La granja caprina incorporó con el tiempo nuevas actividades. Una de ellas es recibir visitantes interesados en conocer el trabajo y el proceso de elaboración de los productos familiares.
En una entrevista para el canal de YouTube «La Vida con Cabras TV», el productor afirmó: «No necesitas 100 cabras para empezar. Necesitas 10 cabras bien cuidadas, ganas de aprender y la decisión de no rendirte cuando lleguen las dificultades».
También señaló: «La granja caprina no es un negocio para el que quiere hacerse rico de la noche a la mañana». La actividad requiere tiempo, dedicación y disposición para aprender y superar dificultades.
El proyecto familiar genera un ingreso adicional mediante las visitas, que acercan a otras personas al trabajo cotidiano y a los productos elaborados, como quesos y jabones. La propuesta busca destacar el vínculo directo entre productor y consumidor.
Para la familia, el emprendimiento representa más que una actividad económica. «Esta familia no solo construyó un negocio, construyó una identidad, construyó un legado», sostiene el relato. Los hijos de don Aurelio y Margarita crecieron observando las decisiones y problemas de sus padres.
Don Aurelio resume la filosofía del proyecto: «El campo no te regala nada, pero tampoco te roba nada. Lo que tú pones, eso te devuelve y a veces te devuelve más de lo que imaginabas».
La historia de la granja caprina se vincula a un crecimiento progresivo: comenzar con pocos animales, aprender durante el camino y sostener una actividad que con los años se convirtió en mucho más que un trabajo.
