14.4 C
Buenos Aires
miércoles, 14 octubre, 2026

Sin recursos, envió 50 cartas, obtuvo la ciudadanía de EEUU y evalúa volver a la Argentina

Noticias Relacionadas

Mónica emigró a Estados Unidos en 1996 para estudiar un máster en manejo de tierras. Consiguió una beca parcial y un empleo en investigación agrónoma. Hoy, a los 57 años, planea jubilarse en dos años y analiza regresar al país por períodos de cinco a seis meses.

Mónica tenía 27 años cuando dejó la Argentina en 1996 para vivir una experiencia en Estados Unidos. Se recibió de ingeniera agrónoma en la Universidad de Buenos Aires ese mismo año. Ante la disyuntiva de trabajar en el campo o continuar sus estudios, optó por un máster en manejo de tierras para fertilización o riego en el exterior.

Consultó a sus profesores, quienes le advirtieron que sería una misión imposible, que la llamarían «sudaca» y que sería una de las peores decisiones de su vida. Mónica no desistió. En la Biblioteca del Centro Lincoln investigó universidades estadounidenses que ofrecieran el máster. No hablaba inglés. Envió cincuenta cartas postales a las instituciones, especificando que necesitaría ayuda financiera y con el idioma.

Todas las universidades respondieron con paquetes de folletos, procesos de ingreso y costos elevados. Dos contestaron de manera diferente: un profesor de Utah le escribió que la universidad estaba dispuesta a ayudarla con parte de la beca, pero el costo seguía siendo demasiado alto. La universidad San Luis Obispo, en California, le ofreció un trabajo en investigación agrónoma que cubriría 15.000 de los 20.000 dólares anuales del máster.

Aceptó la segunda opción. Armó sus valijas con la tristeza de su familia, que no quería que se fuera, la incredulidad de su mejor amiga, que le dijo que le había roto la vida, y las malas energías de colegas y profesores. «No tuve mucho apoyo, me desalentaron cuando comencé a enviar las cartas. Y sin embargo, golpeé todas las puertas, busqué todos los caminos y logré mi sueño», dice Mónica.

Llegó en julio de 1996, pero no ingresó a la universidad en California hasta julio de 1997 debido a documentación pendiente, dinero prestado y otros pormenores. En los meses de espera se alojó en casas de conocidos, trabajó en una cosecha en Ohio y tuvo que salir y volver a entrar al país porque se había vencido su visa de turista. «Emocionalmente fue complicado», acepta. «No tenés a tu familia, amigos, y yo todavía no tenía el idioma y con quien hablar. Y cuando empezás hablar lo hacés como una nena de un año, después pasé a tener cinco años y así sucesivamente hasta que llegás a tener un manejo del idioma acorde a tu edad».

«Cuando por fin pude entrar en una rutina se me acomodó el tema emocional, pero previo a eso, atravesé ansiedad y te agarran por las noches preocupaciones como el tema de contar con servicio de salud que te cubra por cualquier cosa», rememora. «Al comienzo todo fue raro en relación a los impactos culturales, pero lo que más me chocó, probablemente, es que, acá en California, todos aceptan y toman con naturalidad el consumo de marihuana como algo normal. En esa época, en Argentina, las costumbres estaban muy lejos de esa naturalización».

Durante los dos años del máster, el profesor que facilitó su admisión cumplió con su promesa de darle trabajo y la ayudó con pasantías para generar ingresos en los veranos. Una mujer de una hostería de San Luis Obispo le ofreció horas de empleo en recepción a cambio de alojamiento. «Me hice muchas amistades en esa hostería», dice Mónica.

«En relación a las oportunidades laborales de lo mío en San Luis Obispo, que es casi un pueblo, sin el máster no hubiese conseguido nada, creo yo. Es una comunidad muy blanca y americanizada, de poca inmigración, así que por suerte tuve la ayuda del profesor y la mujer de la hostería. Después, con el máster, sí tuve ofertas de trabajo de compañías que trabajan las cuestiones de riego en la agricultura».

«Yo tenía la visa de estudiante y la primera compañía que me contrató me hizo la visa de trabajo; después me mudé a otra empresa semi gubernamental que me tramitó la residencia con abogados», revela. Esa posibilidad surgió porque necesitaban a alguien capacitado en riego y que supiera español.

«Lo cierto es que recibí mucha ayuda, aunque no dejé de vivir un poco de discriminación por ser mujer, y encima latina, en un rubro dominado por hombres. Pero eso ya no lo siento, la verdad. Después, por un tema realmente de conveniencia, pude hacer la ciudadanía, pero fue algo que me costó. No me arrepiento, pero era un problema interno mío, no renunciás por papeles, pero de palabra tenés que renunciar a tu ciudadanía argentina. Eso fue complejo, porque mi parte argentina no la olvidé nunca: soy argentina, estoy orgullosa de ser argentina y no me siento americana».

Desde que emigró, Mónica regresó a la Argentina todos los años, por lo menos por tres semanas, salvo durante el período de la caída de las Torres Gemelas. A medida que se acerca su fecha estimada de jubilación, los interrogantes sobre un posible regreso se acrecientan.

«Mi idea es jubilarme dentro de dos años y, a partir de ahí, venir a la Argentina por períodos de cinco a seis meses, durante por los menos tres años consecutivos, a ver cómo me siento allá, cómo me siento acá, dónde me siento más en mi hogar, porque obvio ¡treinta años es mucho! y yo sé que Argentina cambió. Y por más que yo vaya por un mes y vea cosas, no siento lo que siente en la cotidianeidad el argentino. Leí que cuando uno se va del país y vuelve el duelo es doble, porque crees que volvés a la misma gente, los mismos lugares, las mismas experiencias pasadas y eso ya no existe, solo está en mi cabeza. Así que voy a ver cómo me siento cuando vuelva».

«Pero más allá de estas emociones, esta experiencia me enseñó mucho, en especial que yo soy capaz de hacer lo que se me ocurra hacer. Si tengo una idea, y para los demás es descabellada, entendí en el poder que tiene la confianza en mí misma, en mí poder de acción, aunque tenga que esforzarme muchísimo. Confío en mi esfuerzo. Cuando me quise ir casi todos me tiraron mi idea abajo y estoy orgullosa de haber ignorado todas las opiniones negativas. La ironía es que ahora, que quiero volver, me desalientan y me dicen que estoy loca. Pero ya aprendí de mí misma que lo que quiera lo voy a lograr».

«Ahora estoy envejeciendo, cuando me jubile voy a tener otros tiempos. Sé que con lo que quiero hacer es como tratar de volver y recuperar los treinta años perdidos, así se lo dije a una vecina argentina. Recuperar los treinta años y pasar el tiempo que queda con mi mamá, mi papá falleció lamentablemente. Poder estar allá, en San Justo, ir al restaurante que le gusta a mi mamá, ver la tele con ella, tomar mate en una plaza. Acá, en Estados Unidos, tenía un grupo fantástico de argentinos de mi edad que ahora me falta, tal vez quiero revivir eso; tengo mi pareja, mi casa, todo, pero no hay actividad que me toque el corazón y que se compare con lo que pueda llegar a hacer y lo que me hace sentir Argentina. Imaginate, que mi mamá me haga un asado es como tocar el cielo con las manos», concluye.

Últimas Publicaciones