El presidente de la UIA, Martín Rappallini, recomienda textos de Paolo Venturi y Stefano Zamagni, que proponen un capitalismo basado en la figura del empresario innovador y la economía civil.
Aunque no están incluidos en la agenda oficial, los industriales argentinos se están poniendo a tono con la visita del Papa. En los encuentros en los que sobresalen testimonios del esfuerzo de muchos por sobrevivir, Martín Rappallini, el presidente de la UIA, recomienda lecturas que parecen embebidas del espíritu Vaticano. Uno de los autores es el economista Paolo Venturi, cuya idea central es que el capitalismo necesita nuevamente empresarios.
“El problema del capitalismo contemporáneo es que progresivamente ha ido sustituyendo al empresario por el administrador de rentas”, señala Venturi, para quien el empresario verdadero no es simplemente el dueño del capital, acciones o activos. Es quien toma riesgos, organiza recursos, innova, transforma y crea algo que antes no existía. “El empresario, en definitiva, es alguien que produce realidad”, sostiene.
El autor recupera tres tradiciones económicas diferentes para demostrarlo. Richard Cantillon, quien definía al empresario como aquel que asume riesgos trasladando recursos hacia usos inciertos. Alfred Marshall, que lo veía como el organizador de las fuerzas productivas. Y Joseph Schumpeter que lo convirtió en el protagonista de la famosa “destrucción creativa”: aquel que introduce nuevas combinaciones, tecnologías, productos y formas de organización que transforman la economía. Las tres concepciones tienen algo en común: el empresario hace que algo suceda. Según Venturi, durante las últimas décadas las finanzas que históricamente podían funcionar como aceleradoras del crecimiento en las últimas dos décadas se convirtieron en un acelerador de la concentración.
En la UIA advierten que la Inteligencia Artificial puede profundizar este fenómeno. La nueva economía posee una característica particular: la escala genera más escala. Quien posee los datos puede desarrollar mejores sistemas; atrae más usuarios; más usuarios producen más datos y esos datos aumentan nuevamente la ventaja competitiva.
Venturi introduce otro concepto, el de la “empresa generativa”. Lo cita a Adriano Olivetti, que entendía que el empresario era un sujeto civil antes que exclusivamente económico. Adriano era hijo de Camillo, el fundador de la fábrica de máquinas de escribir y transformó la empresa familiar en una firma tecnológica. Su pensamiento se apoyaba en que la empresa no pertenece solamente al accionista, lo que no significa que la tuviera que dejar de ganar dinero. Al contrario: Olivetti construyó una compañía tecnológica innovadora y competitiva. Sino que trabajador y comunidad no tenían por qué constituir intereses contrapuestos. Impulsaba que la rentabilidad debería ser consecuencia de la generación de valor, no simplemente de capturar una renta existente.
Venturi defiende el capitalismo empresarial frente al capitalismo rentístico. No propone limitar la iniciativa privada, sino recuperarla. Propone empresarios capaces de comprender que desarrollar trabajadores, invertir, innovar y construir comunidad también forma parte de la competitividad.
Otros trabajos que circulan son los de Stefano Zamagni, uno de los economistas italianos contemporáneos más relevantes en el desarrollo de la llamada economía civil. Su pregunta es: ¿qué instituciones y qué tipo de empresarios necesitamos para que una economía de mercado produzca, además de riqueza, una sociedad en la que valga la pena vivir? Su obra gira alrededor de conceptos como bien común, reciprocidad, fraternidad, empresa civil, bienes relacionales, cooperación, subsidiariedad, tercer sector, confianza y generatividad. En 2026 sigue defendiendo que no alcanza con corregir algunas políticas económicas: “hace falta ampliar el propio paradigma con el que pensamos la economía”.
En su visión, el problema es pensar que el mercado funciona con una sola lógica. Sostiene que el mercado no es solamente un lugar donde compradores y vendedores intercambian bienes, que el trabajo no es solamente un costo y que el consumidor no es solamente alguien que maximiza utilidad. Va más allá. Sostiene que la confianza, que se señala en el caso Argentino, es capital económico, no es solamente una virtud moral.
