El 27 de octubre de 2026 Israel celebrará elecciones legislativas para renovar los 120 escaños de la Knéset. El sistema parlamentario, sin Constitución escrita y con representación proporcional, ha impedido que un solo partido obtenga mayoría absoluta. El Likud busca descalificar a partidos árabes, mientras la oposición intenta articular una alternativa.
El 27 de octubre de 2026 Israel celebrará elecciones legislativas para renovar los 120 escaños de la Knéset, el Parlamento unicameral. El sistema político israelí es parlamentario y se rige por Leyes Fundamentales, sin una Constitución escrita. El primer ministro es el jefe de Gobierno y el presidente cumple funciones principalmente ceremoniales. La Knéset se elige en circunscripción nacional única, con listas cerradas y un umbral electoral del 3,25 % de los votos válidos.
El régimen no nació de una constitución rígida, sino de las instituciones del Yishuv y de decisiones tomadas en 1948-1949. David Ben-Gurión, presidente del Ejecutivo de la Agencia Judía y luego primer ministro, transformó el ejecutivo pre-estatal en Gobierno provisional e impulsó las elecciones del 25 de enero de 1949 a la Asamblea Constituyente, que al conformarse en febrero se denominó Knéset. El 13 de julio de 1949, ante la Comisión de Constitución, Ley y Justicia, Ben-Gurión expuso: «En general, el Parlamento se ocupa de hacer leyes para las necesidades del momento y de la hora. La ley es fruto de su tiempo; no hay eternidad en la ley. […] ¿Qué autoridad tenemos para atar las manos de quienes serán elegidos a la Knéset dentro de un año o de cinco?». Así quedaron una sola cámara, un Gobierno responsable ante ella y el rechazo de un texto constitucional que atara a las futuras Knéset.
De cara a los próximos comicios, ninguno de los candidatos con posibilidades reales de formar Gobierno promete un giro hacia un acuerdo de dos Estados. La Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, del 29 de noviembre de 1947, que respaldó la idea de dos soberanías, no es el mapa que se negocia hoy, y la centroderecha sionista que disputa el poder la descarta en cualquier plazo político previsible. El sistema proporcional, las coaliciones y la ocupación dejan margen para que el statu quo se endurezca.
Jaim Weizmann, uno de los artífices diplomáticos del Estado de Israel, advirtió contra trasladar al Estado el modelo de la Organización Sionista: «Sería lamentable —escribió— que la constitución de la nueva república se modelara a imagen de la Organización Sionista», pues su representación proporcional «necesariamente conduce a la existencia de un gran número de partidos». Prefería un parlamentarismo de inspiración británica, de lógica mayoritaria. El multipartidismo fragmentado que prevaleció fue lo que quiso evitar. Una versión atribuida a Levi Eshkol lo resume: «Junta a tres sionistas en una habitación y formarán cuatro partidos».
Ze’ev Jabotinsky, padre del sionismo revisionista y antecedente ideológico de la derecha israelí, proponía un Estado liberal «mínimo», con salvaguardas fuertes para el individuo. Su fórmula «todo hombre es un rey» resume la tesis: la democracia no se agota en la regla de la mayoría y el individuo está por encima del Estado. Esa visión constitucional tampoco prevaleció en 1949.
El tablero político israelí no funciona como un bandoneón que alterna expansión y repliegue, sino como un sistema atravesado por una fragmentación crónica, una intensa polarización entre bloques y una constante dependencia de socios minoritarios para construir mayorías parlamentarias. En ese contexto, el Likud de Benjamín Netanyahu solicitó al Comité Electoral Central la descalificación de Ra’am, liderado por Mansour Abbas, y de la Lista Conjunta, integrada por Hadash, Ta’al y Balad. La justificación esgrimida sostiene que «no hay lugar en la Knéset para quienes perjudican» a miembros de las fuerzas israelíes.
Ni el bloque encabezado por Netanyahu ni la oposición sionista logran reunir por sí solos los 61 escaños necesarios para controlar una Knéset de 120 diputados y formar gobierno. Los opositores, articulados en torno a figuras como Gadi Eisenkot, antiguo jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel, y el ex primer ministro Naftali Bennett, no cuestionan tanto la dirección general del Estado como el estilo de liderazgo de Netanyahu. El primer ministro procura convertir la contienda en una elección entre derecha e izquierda. Eisenkot, que perdió un hijo en Gaza y abandonó el gabinete de guerra denunciando la ausencia de una estrategia definida, busca proyectarse como una opción de centro con credenciales de seguridad. Bennett, primer ministro entre 2021 y 2022, intenta ocupar el espacio de una derecha nacional-religiosa y liberal que se presenta como alternativa «auténtica» al liderazgo del Likud.
En un país de 10,3 millones de habitantes, donde los ciudadanos palestinos con nacionalidad israelí representan aproximadamente una quinta parte de la población, los partidos árabes podrían desempeñar un papel decisivo en el álgebra parlamentaria, según Kazim Alam. No tanto por la cuestión palestina en sí misma, especialmente cuando Ra’am incluye incluso un candidato sionista, sino porque pueden facilitar la construcción de una coalición alternativa que desplace a Netanyahu del poder.
Al ser Israel una democracia parlamentaria de representación proporcional —lista cerrada, circunscripción única nacional y umbral del 3,25 % de los votos válidos— ningún partido ha obtenido nunca los 61 escaños de la mayoría absoluta. Los escaños se asignan por el método Bader-Ofer, variante israelí de D’Hondt. Todo gobierno es, por tanto, de coalición. El número de listas con representación suele situarse entre diez y trece. Las piezas pequeñas —ultraortodoxos, sionismo religioso, formaciones árabes, partidos personalistas— tienen a menudo poder de bisagra, no de volumen: pueden condicionar o hacer caer un gabinete sin ser, ellas solas, una fracción grande de la Cámara.
A eso se suman clivajes profundos y simultáneos: laico y religioso, judío y árabe, seguridad y territorios y, desde hace más de una década, el eje Netanyahu / anti-Netanyahu, que ha reordenado un sistema de muchos partidos en una lógica de dos bloques, más rígida que el mismo mapa partidario. De ahí que el resultado pueda modificar la composición del gobierno sin alterar las coordenadas dentro de las cuales se mueve la política israelí. La elección decidirá nombres, alianzas y equilibrios; bastante menos parece destinada a decidir sobre aquello que, desde fuera y sin el conocimiento indispensable, suele presentarse como su cuestión fundamental.
