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lunes, 31 agosto, 2026

El oficio de narrar en la penumbra

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Una crónica sobre los explicadores de cine mudo, figuras que narraron películas en salas de todo el mundo, incluyendo Argentina, hasta la llegada del sonido.

El oficio de narrar en la penumbra

Lo voy a contar tal como sucedió. Sin realizar juicios de valor. Hará un par de años que fui con mi hija al cine a ver Argentina, 1985. Como la película tocaba un tema histórico -el Juicio a las Juntas-, y ella todavía era chica, cuando empezó la proyección le tiré un par de datos para ponerla en contexto. Yo creí que había hablado en voz bien bajita y que había sido escueto en la información, pero parece que no, porque escuché en la penumbra de la sala el reproche de la señora sentada a mi lado: “¿Le vas a explicar toda la película?”. No le contesté nada y seguí mirando la pantalla. En silencio.

Recordé esta incómoda anécdota hace bastante poco. Fue mientras leía El infinito en un junco, de Irene Vallejo. La filóloga y escritora española habla en esta deliciosa obra sobre la invención de los libros en el mundo antiguo, pero en algún momento hace una digresión y se mete en una curiosidad de la historia del cine. Ella cuenta que, en los comienzos del séptimo arte, cuando las películas eran mudas, existía en la primitiva sala de cine un personaje conocido como “el explicador”, cuya función era contar al público, mientras pasaba la película, lo que la silente pantalla no decía.

Vallejo cuenta que los explicadores, también conocidos como comentadores, describían las escenas, representaban los diálogos, leían los rótulos de las películas -muchos espectadores eran analfabetos- y hasta usaban diferentes artilugios para reproducir los supuestos sonidos que debían emanar de las proyecciones. “Ayudaban a suavizar el extrañamiento del cine, cuando las imágenes en movimiento entraron a nuestras vidas”, dice la autora.

Parados a un costado de la pantalla, con un puntero en la mano para señalar a los personajes, estos hábiles narradores imbuían las escenas de todo el dramatismo o la comicidad que el silencio les quitaba. Incluso, a veces, llegaban a cambiar impresiones con los que miraban las películas.

Estos explicadores realizaron su trabajo desde los primeros años del cinematógrafo hasta la aparición del cine sonoro. Su período de mayor esplendor se dio en la primera década del siglo XX. Si bien en principio eran figuras complementarias en los nacientes biógrafos, algunos llegaron a convertirse en los verdaderos dueños de las funciones.

Un trabajo sobre los explicadores del cine mudo realizado por investigadores de la Universidad Complutense de Madrid rescata el testimonio de una mujer de Navarra, que en 1906 así se refería a un comentador de nombre Manolo: “Si se desarrolla una película que es un drama, nuestro hombre llora, grita, ríe o canta, según los pasajes. Puedo asegurar que son muchos los que asisten al cinematógrafo exclusivamente para oir la potente voz de Manolo”.

El cine también había extendido su magia hacia el Río de la Plata. Y, aunque no existen muchas referencias, en Buenos Aires también hubo explicadores. Uno de los pocos que han quedado en los registros fue Julián de Ajuria. Este inmigrante vasco ejerció como narrador de cine en 1906, a poco de llegar al país. Luego recorrió otros peldaños del universo del séptimo arte. Llegó a ser, en 1908, uno de los productores del primer éxito del cine nacional: El fusilamiento de Dorrego. Y fundó, en 1912, la Sociedad General Cinematográfica. Fue también quien impuso que las películas se alquilaran a las salas en lugar de venderlas.

Volvemos ahora con Vallejo, que nos lleva hacia el Japón para contarnos sobre un elogiado benshi -explicador- de Tokio llamado Heigo Kurosawa. Él maravillaba al público nipón con su relato de cada filme. Tenía, además, un hermano menor, al que introdujo en el mundo del cine. Cuando llegó el sonido a las películas, Heigo perdió su fama y cayó en el olvido. Se suicidó en 1933. Su hermanito siguió en el arte que aprendió a amar en la voz de su hermano mayor y se convirtió en director de películas memorables. Se llamó Akira Kurosawa.

Hoy el oficio de explicador ya no existe. Solo quedamos algunos improvisados, para infortunio de aquella señora del cine.

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