El juego y las apuestas serán una de las mayores amenazas para la juventud. En el nivel global, el negocio mueve volúmenes de dinero que equivalen al PBI de un país como Canadá.
Los historiadores de la China describen al emperador Wu Yi como un hombre “desprovisto de virtud”, que vivía devorado por la pasión de los juegos de azar. Esa referencia permite situar el origen de las apuestas entre 1147 y 1113 años antes de Cristo. Desde entonces, ese vicio estuvo siempre presente en la historia de la humanidad. Pero nunca con tanta fuerza como ahora favorecido por las nuevas tecnologías digitales. Tampoco se había convertido en una industria que mueve volúmenes colosales de dinero y –menos aún– jamás se había transformado en una amenaza social.
La mutación tecnológica y las dimensiones financieras que alcanzó en los últimos años, después de haber sido considerado durante largo tiempo como un pasatiempo inocuo, lo transformó en un problema de salud pública que puede convertirlo en uno de los grandes dramas sociales del siglo XXI. Desde hace años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo incluye entre los factores que “pueden amenazar la salud, generar pobreza, alimentar delitos y erosionar instituciones”.
La industria mundial del juego mueve 2,4 billones de dólares anuales (712.000 millones legales y 1,7 billones procedentes de la actividad ilegal), según la Comisión sobre Juego de The Lancet Public Health e Interpol. Sería inapropiado adicionar esas cifras porque miden magnitudes diferentes: los 1,7 billones corresponden a volumen apostado, mientras que los 712.000 millones legales son GGR (Gross Gaming Revenue = apuestas menos premios pagados). Además, por definición, el mercado clandestino es más difícil de medir. En todo caso, esas cantidades extravagantes permiten visualizar la magnitud del problema: el gabinete de análisis sectorial IBISWorld calcula que es 80 veces superior a los ingresos de la industria cinematográfica o, expresado en otros términos, equivalen al PBI nominal de un país como Canadá.
La Comisión sobre Juego de The Lancet –integrada por especialistas universitarios y organismos internacionales– estimó que la globalización y la digitalización “están transformando radicalmente el ecosistema del juego y desdibujando las fronteras tradicionales entre tecnología, finanzas, publicidad, deporte y entretenimiento”. El dato más significativo no es solo su tamaño, sino su composición: las apuestas online, que ocupaban apenas 20% del mercado mundial en 2015, representan ahora 41%. H2 Gambling Capital prevé que el juego online será el actor dominante con un volumen de apuestas de 530.000 millones de dólares en 2030. “No estamos ante una simple digitalización del juego, sino ante un desplazamiento progresivo del centro de gravedad del sector hacia internet”, aclara una previsión de la American Gaming Association (AGA).
A pesar de la evolución que introdujo la inteligencia artificial, la industria mantiene el viejo equilibrio entre gaming (casinos, máquinas tragamonedas, bingo y productos similares), favorito de los jugadores, seguido por el betting (apuestas deportivas y carreras), y las loterías en tercera posición. H2 Gambling Capital prevé que esa jerarquía subsistirá por lo menos hasta 2030 y resume las recientes transiciones: el casino eliminó la distancia; internet eliminó el horario; el teléfono móvil eliminó la necesidad de desplazarse; las apuestas en directo eliminaron la espera. “La próxima revolución –pronostica– puede eliminar incluso la necesidad de saber qué apostar: los algoritmos y la inteligencia artificial pueden seleccionar acontecimientos, calcular probabilidades y personalizar ofertas para cada usuario”. En ese contexto, no interesa saber cuánto dinero mueve el juego, sino qué clase de industria está naciendo.
En ese contexto, las tecnologías digitales abren vías paralelas de desarrollo y nuevos riesgos. La OMS determinó que 42% de jugadores habituales son adultos y 17,9% adolescentes. Sobre ese total, 8% presentaban nivel elevado de gambling risk. Una extrapolación en el nivel planetario permite suponer que existen unos 80 millones de adultos con trastornos adictivos al juego y otros 450 millones afectados por algún grado de daño relacionado con las apuestas, según The Lancet Public Health. La OMS reconstruyó el camino de esa adicción: antes había que desplazarse → entrar → cambiar dinero → hacer la cola → encargar la apuesta → jugar. Ahora alcanza con mirar el teléfono → apostar → perder → volver a apostar. Una rutina devastadora que puede repetirse decenas o cientos de veces al día.
La delincuencia relacionada con el juego consiste principalmente en delitos económicos o no violentos destinados a obtener ingresos para financiar el vicio. Esa mecánica tiende a reforzar las tendencias compulsivas y el camino hacia la delincuencia.
Una síntesis de 21 estudios concluyó que la delincuencia relacionada con el juego consiste principalmente en delitos económicos o no violentos destinados a obtener ingresos para financiar el vicio: 60% de los ingresos legales e ilegales del sector provienen de las personas que juegan en “niveles perjudiciales”. Ese comportamiento también genera asociación con violencia y delitos más graves. A partir de cierto grado de ludopatía, se pone en marcha la mecánica del desliz social que puede llevar a nuevas adicciones y a la delincuencia. Los expertos describen ocho fases clásicas de descenso al infierno: robo, fraude, endeudamiento, violencia y rupturas familiares, pobreza, insuficiencia alimentaria y deterioro de salud, blanqueo de dinero, adicción (al alcohol y las drogas) y tráficos de diversa naturaleza para financiar el juego y las adicciones. Los sectores más desfavorecidos son los más vulnerables a esa espiral infernal.
El impacto de la ludopatía es directamente proporcional a la calidad de la esfera familiar y del entorno sociocultural: la OMS estudia desde hace años la asociación que existe entre los problemas de juego y los niveles de educación, pobreza, desempleo, inestabilidad residencial, falta de vivienda y descenso social.
La American Psychiatric Association (APA) rehúsa confirmar si esa patología “causa” alcoholismo, drogadicción o puede conducir a la depresión y al suicidio. Por ahora, se limita a hablar de comorbilidad y círculos de refuerzo. La OMS, en cambio, reconoce que “puede amenazar la salud, generar pobreza, delitos y corrupción”.
Los riesgos se multiplicaron con el aumento de las nuevas seducciones tecnológicas que acechan al jugador. Los mecanismos de incitación a la apuesta y la cantidad de señuelos cambiaron por completo con la aparición de las “microapuestas instantáneas” que proponen los grandes operadores por internet. Antes, el único desafío era acertar el ganador del partido. Ahora es posible apostar a quién marcará el próximo gol, cuántos córneres habrá o si se convertirá un gol en los próximos cinco minutos. Ese mecanismo cambia la naturaleza del negocio y acelera los resortes de la adicción.
Interpol sospecha que, cuando saltan las fronteras legales, las apuestas caen –en forma natural– en la esfera financiera controlada por organizaciones criminales que favorecen el funcionamiento de ecosistemas financieros transnacionales que operan con criptomonedas y sociedades offshore para blanquear capitales que terminan alimentando una economía subyacente. Ese mundo subterráneo suele ser utilizado por mafias, grupos terroristas o “Estados canallas”, y empresas legales que se sienten más cómodas cuando operan en la penumbra. Esa ambigüedad favorece incluso a actores políticos que tienen acceso a informaciones confidenciales y pueden explotarlas en las “apuestas predictivas”. Ese nuevo sistema acepta cualquier tipo de apuestas, incluida la fecha de comienzo de una guerra.
Cada día que transcurre, el problema es más vasto y complejo. Pero su evolución demuestra que esa industria contribuye a debilitar los sectores más sensibles de las sociedades.
