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martes, 28 julio, 2026

Salud en redes sociales: la importancia de la evidencia científica ante la avalancha de datos y opiniones

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Un análisis de la desinformación en salud en redes sociales, donde influencers sin formación y supuestos especialistas compiten con la evidencia científica, generando confusión entre los pacientes.

Hace unos días, un posteo anunciaba que desayunar con carbohidratos lo había rejuvenecido y adjuntaba dos fotos como supuesta prueba. Los comentarios reflejaban el estado de la información en salud: uno afirmaba que era una mentira, otro mencionaba el ayuno intermitente, un tercero decía que la imagen indicaba lo contrario, y otro expresaba, con un meme, que ya no sabía qué consejo médico seguir.

Estos contenidos son realizados por influencers, en su mayoría sin formación específica, junto con supuestos especialistas en calidad de vida y wellness, que utilizan esa temática para generar repercusión y ganar seguidores. En redes sociales, los comentarios negativos suelen tener mayor impacto, y la información falsa se utiliza deliberadamente para generar controversia.

Actualmente, las personas no solo llegan a la consulta con datos obtenidos de estos medios, sino que buscan cotejarlos con el aporte de profesionales, otorgándoles el mismo valor de certeza. Un especialista con décadas de experiencia puede verse cuestionado frente a la “evidencia” de un video sobre un suplemento, un fármaco o la adecuación de un tratamiento.

También existen relatos de personas que han tenido consultas profesionales breves, en las que se impone una postura de saber irreductible. La misma falacia de autoridad se reproduce en portales o supuestas asociaciones de referencia, que presentan como única consigna válida la propia. En el extremo opuesto, aparece una invasión de tratamientos apoyados en propaganda conspirativa, que asegura que estas “maravillas ocultas” se esconden deliberadamente por grandes corporaciones.

La desconfianza en la información en salud tuvo un antecedente reciente durante la pandemia, cuando las instituciones regulatorias no siempre actuaron con rigor científico, sino que, en muchos casos, funcionaron como agencias de relaciones públicas.

Existe un principio conocido como la Navaja de Hanlon, que sugiere no atribuir a maldad lo que puede explicarse por incompetencia. Esto implica que no siempre hay un plan oculto; muchas veces el sistema falla por su propia inercia, la arrogancia de algunos expertos y la codicia corporativa. La desinformación deliberada se utilizó con fines ajenos a la salud, incluyendo intereses ideológicos o políticos.

La pérdida de objetividad genera un efecto rebote conocido como efecto Galileo: la falsa creencia de que ser censurado otorga automáticamente la verdad. Las redes sociales se llenaron de falsos profetas que fundamentan su certeza en este efecto. Carl Sagan, en “El cerebro de Broca”, lo expresa así: “El hecho de que algunos genios fueran el hazmerreír no implica que todos los que son el hazmerreír sean genios. Se rieron de Colón, pero también se rieron del payaso Bozo”.

En muchas ocasiones en redes aparece una solución milagrosa cuya única base son supuestos testimonios individuales, pero sobre todo la idea de que es información censurada y “ocultada” porque perjudica el negocio multimillonario de las corporaciones. Lo que muchos desconocen es que el mercado alternativo del bienestar también constituye una corporación multimillonaria.

La pregunta es: ¿cómo sobrevivir en la era de la infodemia caótica sin caer en la sumisión ni en el conspiracionismo? La respuesta se encuentra en recuperar el paradigma del razonamiento lógico-analítico y aplicar reglas epistemológicas básicas. La verdad científica es lo opuesto al dogma; la duda metódica constituye la base del pensamiento científico.

Cualquier postura institucional o personal basada en la autoatribución de autoridad pierde legitimidad si no resiste al pensamiento crítico. Citar “un trabajo de la Universidad de…” no garantiza validez. La incomodidad frente a los cuestionamientos responde a intereses políticos, comerciales o a narcisismo, pero no a la ciencia.

El disenso y el cuestionamiento requieren rigor científico. Deben presentarse como un protocolo alternativo y no como una afirmación que promete soluciones definitivas. En relación con los medicamentos, analizar la farmacocinética, los test de toxicidad y las pruebas clínicas resulta insustituible frente a las “experiencias personales”.

Ser sujetos activos respecto a la salud implica asumir el control, analizar los datos con objetividad y desconfiar tanto del traje corporativo como de la bata del falso profeta. Quizás, el acto más revolucionario de independencia cognitiva consista en defender la salud integral con una lógica implacable, criterio clínico y, sobre todo, sin miedo a aceptar que podemos contradecir nuestras propias posiciones.

El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista.

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