Desde sus orígenes como herramienta de caza hasta su práctica actual como deporte olímpico y actividad recreativa, el tiro con arco ha crecido de forma sostenida en el país, con una rica historia de pioneros locales y una técnica que exige precisión y control mental.
El sonido es seco, pero definitivo. La flecha abandona la cuerda, cortando el aire para terminar con un impacto sólido en el centro del blanco. En ese trayecto de apenas un instante se resume una historia milenaria. El tiro con arco nació como una herramienta indispensable para la caza y la guerra, y con el paso del tiempo se ha convertido en una disciplina que oscila entre el rigor del programa olímpico y la introspección de una actividad recreativa.
En Argentina, la práctica ha crecido de forma sostenida desde mediados del siglo pasado, dividiéndose en dos grandes vertientes. Sofía Braco, representante de Prana Archery e integrante de una familia pionera en la disciplina a nivel nacional, explica: «La arquería tradicional se caracteriza por el uso de arcos sin sistemas mecánicos complejos ni ayudas electrónicas, priorizando la técnica, la sensibilidad y la conexión directa entre el arquero y el tiro. Por otro lado, la deportiva incluye modalidades reglamentadas, como el tiro olímpico, donde se compite bajo normas estrictas en cuanto a distancias, puntuación y equipamiento».
El desarrollo organizado de la arquería en el país comenzó a tomar forma en la década de 1960, a partir de un pequeño núcleo de entusiastas que se reunía en la zona norte de Buenos Aires, lo que eventualmente daría origen a la Asociación Argentina de Arquería. En este contexto, destaca la figura de Carlos Braco, referente de la arquería local. «Uno de los grandes pioneros fue mi padre, quien comenzó a fabricar sus propios arcos en 1964 sin saber que la arquería ya se practicaba formalmente en otros países», relata Sofía, continuadora de ese legado histórico.
Junto a Víctor Arango, Carlos Braco trabajó en la fabricación de palas laminadas con madera y fibra de vidrio, una innovación técnica que permitió que el primer núcleo de arqueros argentinos tuviera herramientas competitivas de fabricación nacional. En 1972, este esfuerzo se vio coronado cuando Braco integró el equipo argentino que obtuvo el primer Campeonato Sudamericano organizado por Brasil, marcando un hito fundacional para el deporte en el país.
Sofía recibió su primer arco como regalo en la infancia. «Mi papá compitió en tiro olímpico y obtuvo numerosas medallas. Con el tiempo, empecé a practicarlo yo misma y, para mí, es una actividad recreativa que me permite dispersarme, relajar la mente y compartir momentos. Es un espacio de concentración, pero también de conexión y disfrute», afirma.
Dominar el arco requiere de una secuencia que exige coordinación absoluta. «La técnica incluye la postura, la detección del ojo dominante, la toma del arco, las referencias faciales y de estabilidad, la alineación corporal, la dirección del apuntado, la respiración y la liberación de la cuerda», explica José María Vildoza, representante de Punto Feliz Arquería, instructor y facilitador de experiencias con arco y flecha, cuya formación comenzó en 2000 como entrenador de alto rendimiento con capacitación vinculada al Comité Olímpico Internacional (COI).
Vildoza asegura que la técnica básica se apoya en una estructura rítmica y repetible. «Cada tiro busca parecerse al anterior, como una secuencia rítmica donde el cuerpo aprende a actuar con economía de esfuerzo», apunta. Braco complementa esta descripción desglosando la secuencia en pasos críticos: postura, empuñe, anclaje, apertura, alineación, suelta y seguimiento del disparo.
Según la especialista, la diferencia reside en el uso de la tecnología: mientras que en las modalidades instintivas el arquero depende de la coordinación ojo-mano y la repetición del gesto técnico, en el tiro olímpico se utilizan referencias visuales y sistemas de mira para maximizar la precisión matemática.
El equipamiento básico se compone del arco (que puede ser tradicional, recurvo u olímpico, o compuesto), las flechas, el protector de antebrazo y un tab o guante para proteger los dedos al tomar la cuerda. En el ámbito deportivo de alto rendimiento, se suman estabilizadores y miras de alta precisión.
«En propuestas recreativas se utilizan arcos livianos y materiales adaptados para facilitar el aprendizaje y garantizar la seguridad. Se puede empezar desde el primer día con arcos supermodernos o muy básicos; lo importante es la vivencia conducida», señala Vildoza, quien actualmente gestiona escuelas y propuestas recreativas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).
Respecto de su vínculo con la espiritualidad, es inevitable la referencia al libro ‘Zen en el arte del tiro con arco’, de Eugen Herrigel, donde se describe el kyudo japonés como una práctica donde desaparece la intención consciente de «acertar». «Cuando una persona deja de forzar el resultado y se concentra en el proceso —respirar, pararse, tensar, soltar— el tiro fluye mejor, ya que la mente ‘para’. En ese momento, el arquero no está haciendo fuerza para acertar, sino permitiendo que el tiro suceda», reflexiona Vildoza.
